Penumbras salvadoreñas

Ya había memorizado que el piolín más corto es el que apaga la luz; el más largo el ventilador, algo que uno nunca quiere apagar en Los Cóbanos.

Porque sí, nos encantó la vista al mar y su acompañante arrullar. Pero para la primera noche ya habíamos descubierto que abrir el balcón solo traía mosquitos o el potencial murciélago desorientado: la brisa siempre se quiso quedar afuera. Así que, con calor como huésped permanente, me dispuse a dormir. Estimé que Victoria ya estaba en el tercer o cuarto sueño.

Levanté, también en preparación de una noche sin molestias, la latita vacía de Kolashanpan con el espiral a la mitad y la dejé junto a la puerta.

“Ah, le pongo traba la puerta, ya que estamos”, pensé, también. Aunque no creo que el pensamiento haya sido exactamente así. Se entiende.

Y me acosté.

(5 minutos después)

De un salto ninja, Victoria emergió de algún sueño muy superficial y se abalanzó a la puerta.

–“¡Están tratando de abrir la puerta!”

–“Nah, es la habitación de al lado.”

–“¡Es nuestra puerta!”

Al oírnos, quienquiera que estaba del otro lado, desistió. Me levanté de la cama y me asomé rápidamente a una ventana de esas con persianas de vidrios en horizontal y miré. Había un tipo.

En la oscuridad y pese a su remera negra, lo distinguí de tez oscura, característicamente local. Un salvadoreño. Puta madre, al final tanto que nos advirtieron de los peligros de El Salvador, tenían razón. Y yo no. Odio no tener razón. ¿Y si este tipo está con una de esas pandillas asesinas? ¿Las marabuntas? ¿Las marianas? Puta madre. Odio no tener razón.

– “¿Qué hacés ahí?”

– “Yo estoy aquí”. My friend, brother, you…

– “¡Ya sé qué estás ahí, pero qué mierda hacés acá, tratando de entrar a nuestra habitación!” (Pensé en poner los signos de exclamación a la mitad de la oración, pero creo que le grité todo lo que dije, entonces me pareció más apropiado).

– “Yo estoy aquí, parando aquí”. Señala abajo de la escalera, donde había otra habitación.

– “No me importa donde estás parando, te vas de acá ya o salgo y te cago a trompadas”.

– “Yo estoy aquí”. Bien, parecerá que las respuestas repetitivas de este salvadoreño son producto de la falta de creatividad del escritor, pero posta que era lo único que decía, con interjecciones incoherentes en inglés en el medio, del tipo “You, me, my house, your life, my house”.

– “A mí hablame en español la conchadetumadre, que soy argentino, pelotudo”. Lo único que faltaba es que encima de que me quiera chorear lo ayude con su pronunciación y gramática de inglés.

–“Eh, pelotudoo, pelotudoo”.

A esta altura, mis gritos habían despertado a los dormidos y alertado a los despiertos de que algo sucedía y varios se acercaron al jardín del hotel, a donde dan todas las habitaciones. Aunque me gustaría poder contar otra historia más heroica y valiente, debo admitir que hasta ese momento yo estaba muy protegido detrás de mi persiana de vidrio, vituperando amenazas y propinando insultos a troche y moche. La verdad es que no si sé estaba listo para salir en calzones a darle una biaba a este tipo. Con el paso de los años, no he perdido solo pelo, sino también imprudencia. Hasta ese momento, el borracho en la penumbra podía estar armado, drogado, y esperando lograr provocarme para hacer algún movimiento o llamar a alguien. Además me di cuenta de que no tenía los boxers más nuevos.

Pero la situación mutó y para bien. El dueño del hotel y otros huéspedes se acercaron y empezaron a gritarle. Y me envalentoné. Salgo.

Otro salvadoreño y su mujer, que estaban parando en el hotel de visita de California, me explicaron la situación:

“Él, su hermano y una mujer están hace rato haciendo cosas raras por acá. Empezaron a distraerlo al dueño y a llevárselo para afuera, mientras el otro robaba cervezas de la heladera del bar”.

Vale aclarar que distraer a Paul a esas horas de la noche no es muy difícil. Es que el yankee dueño de Los Cóbanos Village Lodge no pasa más de 10 minutos sin tomarse un vasito helado de ron con coca. Bueno, tal vez cuando desayuna esas botellitas de cerveza Suprema tipo 6 am. Imaginarán entonces el grado de vigilia que puede tener a las once de la noche.

Cuestión que entre la ebriedad de Paul, mi intento de razonar con el ladronzuelo que evadía mis preguntas y la tardanza de la policía, el hermano arrancó el auto en el que habían venido y empezó a huir. Pensando en que dejaban en banda al implicado, nos quedamos en el molde. En un momento se subió y aprovecharon el portón abierto para irse.

Malditos.

Dos minutos después, cayó la policía.

“Ah, vimos pasar un auto, pero veníamos por los disturbios denunciados, no sabíamos que se habían ido”.

¿Y cómo se pasa un mal trago así? Bueno, además del ron con coca que se preparó Paul mientras nos rascábamos la cabeza intentando entender cómo los había dejado irse sin pagar la noche y sin pagar todo lo que habían consumido.

Obviamente, la noche no estaría completa sin que nos invitaran a Victoria, a mí y a la otra pareja que habían ayudado, a colaborar con el desove de tortugas en la playa. Sí, desenlace previsible, lo sé.

En perspectiva, coincidimos con Victoria en que es un hecho aislado y nos resistimos a que este evento manche nuestra opinión sobre lo seguro y amigable para el turismo que es El Salvador. Borrachos y pícaros hay en todos lados. La solución es cerrar la puerta con llave y tomarse una Kolashanpan.

Epílogo

La mañana siguiente, Paul me contó —cerveza de por medio (él tomaba, yo no)— que la policía finalmente sí había intercerptado a los sabandijas porque avisaron a otro móvil por radio. Los pararon, les hicieron pagar todo lo que debían en el hotel y pasaron la noche en el calabozo (de esto último no estoy seguro pero es un buen final).

La pareja de salvadoreños que nos dieron apoyo logístico en la erradicación de estas plagas se quedaron unos días más y les dimos como agradecimiento una cajita de Cabsha semiderretidos. No supimos discernir en sus rostros si el regalo les pareció dar la talla. Quiero creer que sí.

Paul seguro se quedó tomando algo.

Nosotros, por nuestra parte, seguimos viaje. Aún tenemos las tres mejores armas contra el peligro: una latita, un espiral y la razón.

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2 comentarios

  1. Y yo qué te dije! 😛

    A todo esto, el tipo habrá entendido eso de “conchadetumadre”? Capaz que se pensó que te referías a algún crustáceo de la zona…

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