El Salvador, o volver a viajar largo y tendido

Cuando no viajo —y si bien para muchos no es nunca, pero para mí es bastante— este blog duerme. Verán, pues, me gusta escribir. Pero como todo lo que no está, todo lo que hay que crear, todo lo que habla de nosotros sin que queramos, cuesta.

Entonces puedo estar 1 año en la tranquilidad y el confort de una rutina en Rosario, donde las horas y el tiempo abundan, y no tipear más que palabras que me den de comer. O sea traducir.

Así que se podría decir que otra razón para viajar es la de escribir. Ah, pero ahora que también tengo camarita chiquitita e insconspicua, me llamó lo de los blogs de video. O vlogs. Sucumbí a los medios masivos. Al glamour y los flashes.

¿Peligrará entonces la supervivencia de Traslación Estacionaria versión escrita? Un poco sí.

Pero: a lo importante. Que es hablar del viaje, ¿no?

Las rutas de viajeros-mochileros-jóvenes-escapando-a-responsabilidades en el mundo están muy bien delimitadas: en el sudeste asiático, región mochilera por antonomasia, se la llama “banana pancake trail”, porque este es el desayuno popular en los hostales que pueblan los hotspots de Tailandia, Vietnam, Camboya, Indonesia y el resto de los países turísticos de la región.

Más por nuestro lado, acá, Centroamérica y Sudamérica se llevan los laureles por la abundancia de playas, volcanes y alcohol barato. Y por la geografía de la región, el recorrido es obvio: o arrancás desde México y bajás hasta Argentina, o arrancás desde Argentina y subís hasta México.

A menos que seas yo. Entonces, hacés cualquier cosa buscando ser un contrera de la vida. Volás a El Salvador. De ahí subís un poco y después empezás a bajar. O ves. No sé. Total, a tu novia le gustan todos los lugares. Al menos por ahora.

Por eso llegamos a El Salvador volando vía Copa Airlines y vía Panamá. Ya pasó poco más de una semana y este país, el “pulgarcito” de América por ser el más chiquitín, nos gusta. La gente es adorable y todos nos ayudan. Las fuerzas especiales militares de cara cubierta nos intimidan, a pesar de que su presencia vela por nosotros. Sabemos que esconden una sonrisa. O aliento a pupusa. Que ya les voy a contar que es.

Estamos en la playa El Tunco. La lluvia cae por los techos de paja y hay olor a surfer. Las olas son lindas de lejos; pero prefiero el mar planchado para nadar sin estrellarme el marote contra una roca o la rodilla de un australiano. De entre las espaldas tatuadas se cuelan de vez en cuando algunos salvadoreños de menor estatura —¿pulgarcitos también?—, que disfrutan de la localidad más popular entre los extranjeros. Es semana de vacaciones locales también. Fiestas agostinas. O algo así.

Prendo un pucho y contemplo su devenir. Nah, mentira. Fumar mata. Como la rodilla de un australiano.

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3 comentarios

  1. Definitivamente. De todas las rodillas, las de los australianos son las más mortíferas. Tené ojo.
    (Ves? Este tipo de cosas no podés contar en un video!)

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