En busca de orangutanes al natural en la selva de Sumatra

Llegamos a Sumatra septentrional, más precisamente a la caótica Medan, con sed de naturaleza verde espesa, con ansias de ahogar los rezos de la Java musulmán, con miedo de no poder olvidar el gol de los alemanes.

Y supongo que el último de estos sentimientos primales fue el más fácil de aplacar.

Porque la jungla que nos esperaba era la de cientos de motos, autos y calor; y la gran mezquita junto a la ventana de la habitación del hotel. Pero bué. Como me gusta decir a mí siempre: hasta Indiana Jones tiene que ir al banco a pagar los impuestos de vez en cuando, ¿no?

(“Siempre” equivale en este caso, claramente, a “Por primera vez en vida”).

Transcurrimos los primeros 4 días en la isla más occidental de Indonesia entre Medan y Berastagi, esta última una localidad bastante más pequeña y agradable, en gran parte por su elevación a unos 1300 metros que garantiza brisas frescas, pero mayor olor a durian por las tardes.

Allí, recabaríamos información sobre el punto de entrada a la selva y provisiones fundamentales de semillitas de girasol.

De qué se trata esto del orangután

Sumatra no es de las islas más turísticas a nivel internacional de Indonesia, pero aquellos que la visitan, generalmente lo hacen por la siguiente razón: ver orangutanes.

Por si no lo saben, el orangután solo puede encontrarse en estado salvaje en las islas de Sumatra y Borneo. En Sumatra se estima que hay cerca de 7000 orangutanes, principalmente habitando el Parque Nacional Gunung Leuser. Este parque abarca partes de la provincia Sumatra Septentrional y Aceh.

En Borneo, donde el orangután es parte de otra especie ligeramente diferente, viven más de 30.000 especímenes.

Bukit Lawang vs. Ketambe

Ahora: la vía fácil para entrar en contacto con este mono muy inteligente y pintoresco, es viajar por 3 horas desde Medan a Bukit Lawang, donde solía existir un centro de rehabilitación para orangutanes que habían estado en cautiverio.

Actualmente, en Bukit Lawang hay una plataforma de alimentación dentro del parque, donde muchos orangutanes semisalvajes se acercan a los guías y la gente, para ser alimentados.

Esto puede sonar para muchos como la manera ideal y fácil de conocer a estas criaturas. Pero a nosotros no nos convencía.

Y así encontramos la alternativa de Ketambe. Este pequeño pueblo, si se lo puede llamar pueblo porque en realidad no son más que un par de posadas y casas frente a la ruta, acobijadas por la inmensa selva, se encuentra en la provincia de Aceh y es una entrada menos conocida al parque nacional.

El acceso al lugar no sería tan simple, pero, ¿quién hubiera concebido a una pareja de citadinos sudamericanos decidiendo por dónde entrar a la selva de Sumatra en primera instancia?

El trayecto

En otras ocasiones pueden haberme leído destacando la relatividad de las distancias en el sudeste asiático. Llegar a Ketambe no sería una excepción. Los 140 kilómetros que separan a Berastagi de Kutacane, el pueblo anterior a Ketambe, se recorren en camioneta pública en 4 a 6 horas, dependiendo de la cantidad de gente que suba y baje en el camino, en el hambre del conductor, y en cuán loco esté para moverse a velocidad por la serpenteante y precaria ruta de tierra.

El "bus" local que recorre de Berastagi a Kutacane.
El “bus” local que recorre de Berastagi a Kutacane.

Pero como mi barba, por estos lares también está creciendo lentamente mi paciencia. Me dispuse junto a la ventana para recibir viento semifresco y tierra en iguales cantidades y esperé.

Los paisajes empiezan a mutar ni bien uno abandona el valle de Berastagi y se aproxima al norte selvático.

Dentro de la camioneta, los locales mascan una sustancia desconocida o mastican fruta; la música suena estridente y en baja calidad. Afuera, nos reciben en cada asentamiento pequeños y mayores extrañados por mi gafas tornasoladas y mi tez clara. Saludan, corren, sonríen.

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Plantaciones de arroz.
Pasando por alguno de los pueblos previos.
Pasando por alguno de los pueblos previos.
Mercado de frutas
Mercado de frutas

Las horas del viaje corren casi sin notarlo; y es momento de cambiar de vehículo para el último tramo.

Dónde dormir en Ketambe

A poco de arribar a Kutacane, un poco cansados por el traqueteo y el calor, decidimos tomarnos al menos una media hora para almorzar algo.

Una mujer se acercó mientras compraba pollo asado y ofreció su posada. Nos llevaría en su auto hasta Ketambe de onda.

Ketambe
Ketambe
El río Alas que circunda la selva.
El río Alas que circunda la selva.

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El lugar en cuestión era PakMus Guesthouse, y resultó ser bastante bueno para lo que queríamos. Las habitaciones privadas cuestan solo 50.000 IDR (4,30 USD), con letrina y sin ducha, pero con una vista al jardín impactante.

A lo largo de la ruta camino a la entrada al parque nacional hay al menos otros 5 lugares donde alojarse; supongo que a precios similares. Todos ofrecen almuerzo y cena aparte, además de tener sus propios guías.

Casa rústica.
Casa rústica.
Pero jardín de lujo.
Pero jardín de lujo.

A la selva sin guía

Es entonces momento de la verdad. De machetear un par de plantas, afilar la Victorinox, de embarrarse los pantalones e ir en busca de lo que nos trajo hasta aquí: los orangutanes.

¿Cómo? Bueno, en principio sabíamos que lo tradicional era contratar a un guía local que proveería de un cocinero y una carpa y, principalmente, su conocimiento de la selva y de las costumbres del animal.

Pero pronto nos topamos con los costos y la inflexibilidad de los guías: de repente 70 USD por una noche en la selva nos parecía excesivo para el presupuesto que veníamos barajando. Y decidimos repensarlo.

En ese repensar cabía un día de aventura por nuestra cuenta. La primera meta fue llegar a una cascada en el “patio trasero” de PakMus.

Nos dijeron que era cosa de 15 minutos. A la hora, con la piel picada, las zapatillas embarradas y la penumbra de los miles de árboles en ciernes, recordamos la relatividad del tiempo. Pero ya se escuchaba la caída del agua y nada podía pararnos.

Mojar los pies en el agua fresca y chapotear en soledad nos rejuveneció y nos dio fuerzas para lo que vendría.

El agua estaba un poco fría.
El agua estaba un poco fría.

Cómo los encontramos

Cuando el día de transición ya llegaba a su fin y no había rastros de nuestros compadres rojizos, empecé a amigarme con la idea del guía y la caminata acompañados. Después de todo —pensé en ese momento— son ellos quienes conocen mejor por aquí y bien podrán llevarnos al tan ansiado encuentro.

Cabizbajos, cansados y sucios, caminamos sobre el final de la tarde por la ruta de Ketambe.
Poco sabíamos que a tan solo una centena de metros madre e hijo orangutanes saboreaban los frutos de un alto árbol, dispuestos al poco tiempo a irse a dormir luego de una jornada de lianas y traslados.

Y así, sin saberlo pero quizá intuyéndolo, insté a mi compañera de desilusión pero aún voluntariosa a probar un último camino. Una última cabaña donde negociar quizá el trekking.

Tras 39 pasos, ni uno más, ni uno menos, vislumbro en la altura, pintada en rojo por la decadente intensidad del sol pero más por su naturaleza, una silueta pequeña, bamboleándose.

“¡Orangutanes!”, grité a todo pulmón, y con presteza nos acercamos al árbol donde se encontraba el mono que había avistado.

Pensamos correctamente que aquel era un orangután infante y que por tanto su madre debía andar en la cercanía. Al verla emerger entre las hojas, majestuosa, nuestras sonrisas ya eran del tamaño de Sumatra y Borneo juntas.

A lo alto.
A lo alto.
Nos observa mientras come.
Nos observa mientras come.

Las horas antes de dormir

El resto es anecdótico, pero de esos restos anecdóticos que da gusto contar. Con el cuello cansado después de una hora de mirar hacia arriba ver al niño orangután hacer, bueno, monerías, y a la madre mirarnos con poco interés, decidimos seguirlos un poco selva adentro.

¿Hacia dónde irían? Suponíamos que poco duraría la persecución entre la espesura, con nuestra torpeza y su agilidad. No nos equivocamos, pero la razón fue otra.

Con el ocaso, había llegado la hora de alistarse a dormir para esta familia de madre soltera. Observamos, ya desde más cerca, como mamá orangutana y Mariano —como bautizamos al menor— se preparaban para pasar la noche. Mientras Mariano continuaba balanceándose de rama en rama, su madre improvisaba un nido entre varias ramas resistentes, con un colchón de hojas.

Una vez listo, ascendió unos metros y tomó a Marianito de los pelos, pues ya era hora de ir a la cama.

Esa noche, la selva a mi alrededor, la barriga llena de naturaleza, yo también dormí como un bebé. Como un bebé orangután.

Marianito jugando.
Marianito jugando.
Marianito jugando 2.
Marianito jugando 2.

Información útil

Para llegar a Ketambe, viajamos de Medan a Berastagi (donde pasamos un par de noches), y de Berastagi a Ketambe, con un cambio de transporte en Kutacane.

Alojamiento en Berastagi: Wisma Sibayak Guesthouse, 100.000 IDR por una habitación privada. Es el alojamiento más conocido en la ciudad y se encuentra al final de la avenida principal, justo en la intersección donde está el repollo gigante (sí, hay un repollo gigante).

Transporte de Berastagi a Kutacane: las camionetas locales que hacen ese tramo se llaman Sampri y cuestan entre 50.000 y 70.000 IDR según tus habilidades de negociación.

Transporte de Kutacane a Ketambe: entre estas dos localidades hay aproximadamente 45 minutos de viaje; hay camionetas que te llevan por 10.000 IDR.

Alojamiento en Ketambe: en PakMus Guesthouse, pagamos una habitación privada con letrina y sin ducha 50.000 IDR. Las cenas en el lugar costaban unos 30.000 IDR y el café 8.000 IDR.

Entre otros alojamientos están el Friendship Guesthouse y Pondok Wisata, a los que se puede llegar caminando por la ruta.

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