Malasia, la buena porque no se sabe linda

Me despido de la Malasia peninsular desde un colectivo supervip que nos lleva a su hermana más pequeña pero también más suntuosa, Singapur.

Casi un mes después de recorrer el país por tierra y mar, puedo llegar a una breve conclusión: me gustó mucho Malasia.

Fue mi primer beso con el Sudeste Asiático y, a posteriori, una buena iniciación a esta sopa de etnias tan desconocida para mí.

Gente amable

Tanto en las ciudades grandes como en los pueblitos muy poco alcanzados por el turismo, nos trataron de maravillas. Siempre atentos a cualquier cosa que necesitáramos, los locales nos esperaban con una sonrisa. Nadie intentó aprovecharse de nosotros. Si bien valoraban mis intentos de hablar malayo rústico y algunos incluso me enseñaron un par de palabras, todos hablan un buen inglés.

Y cuando no es así, de alguna manera uno se hace entender si hay necesidad.

Se me viene a la mente un trayecto en autobús no turístico desde un pueblo a otro. Victoria, poco antes en un ataque de sed, había tomado quizá demasiada agua antes del viaje y a medio camino la vejiga le pasaba factura.

Ante una inminente catástrofe personal, cobró valentía y se acercó al conductor malayo para rogar por misericordia. Aún no sé cómo, pero en menos de 2 minutos el colectivero había parado y todos los pasajeros solidarizados le señalaban el baño de una precaria estación de servicio junto a la ruta.

Andá a pedirle eso al del Monticas.

Variedad de lugares

Al viajar de noche uno pierde el sentido de lo que implica trasladarse; de la noche a la mañana, pasamos del hormigón y de esquivar hordas de motos a las arenas blancas y a esquivar lagartos gigantes, que como todos sabemos tampoco respetan ninguna ley de tránsito.

La Malasia peninsular es pequeña en comparación a otros países de la zona, y a la Malasia en Borneo (consulten un mapa). No por eso es monótona. Había contado hace unas semanas que Kuala Lumpur caducó a los pocos días y era necesario continuar. El salto de calidad al llegar a Perhentian, tras unas 9 horas en colectivo durante la noche, fue gigantesco.

Es uno de esos lugares en los que el argentino promedio suele decir inexorablemente: “Cuando me jubile pongo un barcito acá y me vengo a vivir”.

La hamaca paraguaya puntúa con un 10 para modorrear, pero un 4 para realmente dormir varias horas.
La hamaca paraguaya puntúa con un 10 para modorrear, pero un 4 para realmente dormir varias horas.

Creo que Perhentian Kecil y Perhentian Besar son las islas más turísticas a nivel internacional de Malasia. Afortunadamente, a principios de marzo recién termina la temporada de monzones (durante la cual la isla está cerrada para el turismo) y por eso la afluencia de gente es muy baja. ¡Lo cual está muy bueno!

De camino a D'Lagoon
De camino a D’Lagoon
Pasir Panjang (o Playa Larga)
Pasir Panjang (o Playa Larga)

Kota Bharu fue la primera parada que puede denominarse “extraña”. Es una ciudad al noreste del país, generalmente de paso para los que cruzan por tierra a Tailandia. Para nosotros no fue ni de paso, ni vía a Tailandia. Nos quedamos una noche y la navegamos de punta a punta.

Lo que más me gusta de este grupo que viaja, es que se siente cómodo tanto siguiendo el sendero popular como simplemente caminando por callejuelas desconocidas. Así terminamos en una librería comprando cinta aislante y lápices o sacándonos fotos con niños en un barrio alejado.

Desde el balcón del Palacio del Sultán.
Desde el balcón del Palacio del Sultán.
Musulmanes locales almorzando, merendando o cenando. Imposible de saber.
Musulmanes locales almorzando, merendando o cenando. Imposible de saber.
Nos perdimos por un barrio "humilde" pero lo peor que nos pasó fue que nos sacaran fotos.
Nos perdimos por un barrio “humilde” pero lo peor que nos pasó fue que nos sacaran fotos.

Penang se trató más de disfrutar de la arquitectura colonial británica y una megacomunidad china chantada en el medio de todo eso. Se complica caminarla de día porque el calor es infernal; casi tan fuerte como las sopas que todos degluten sin problemas. Nos quedamos casi una semana, trabajando a la sombra del hostel, probando nuevas comidas y no pudiendo aprender más malayo porque ahí nadie lo habla; son todos chinos (e indios, que ni los menciono porque se presupone que hay indios en todos lados).

Algunas esquinas evocan nuestras esquinas, ¿no?
Algunas esquinas evocan nuestras esquinas, ¿no?
El Fontanarrosa de Georgetown.
El Fontanarrosa de Georgetown.
Nos quedó pendiente un paseo en carretita.
Nos quedó pendiente un paseo en carretita.

Curiosamente, nos costó mucho encontrar supermercados chinos.

Cuando debimos huir de Georgetown (patrimonio de la humanidad según la UNESCO) socolor de una infestación de chinches de cama, era momento de empezar a bajar camino a Singapur.

Lucas regresó unos días a Kuala Lumpur mientras que Victoria y yo entregábamos la carta en Kuala Kota Bahru. Fue una estancia breve pero significativa en el estado de Selangor.

Nuestra despedida, al menos por ahora, de Malasia no pudo haber sido mejor. En Melaka (también patrimonio para la UNESCO) confluyen los mejores rasgos de esta gran nación: el abanico de malayos, indios y chinos, la arquitectura colonial a la margen de un puerto ribereño muy importante en el pasado y excelente comida.

Paseo por el río Melaka
Paseo por el río Melaka
Especie de bagnacauda asiática.
Especie de bagnacauda asiática.

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Ya desde Singapur, cuento con los dedos estos primeros 28 días. Quizá no sea tanto y queden muchos otros destinos por conocer en este viaje. Pero el primer beso es el primer beso.

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