La parábola del emisario

Viajar puede transcurrir solo —sin ser esto poco— entre conocer maravillosos paisajes, bañarse en playas envidiables, fotografiar 21 monumentos que ignorabas hasta antes de haberte dado la nariz con ellos.

Viajar también puede ser otra cosa. Imprevisible, sorprendente, angustiante y divertida. Pero la verdad es que casi siempre es lo de los veintiún monumentos.

Por eso cuando caímos en Kuala Kubu Bahru, un pueblo perdido en el medio de Malasia, me intuí feliz. Creo que supe que nos toparíamos con unos de los viajares más difíciles de dar, de esos contra los que mi ser más racional y obsesivo combate, planificando cada detalle, reservando alojamientos, ubicando destinos con GPS y recabando un sinfín de información en la Red.

Por primera vez en mucho tiempo había decidido dejar vivir a la casi siempre agónica incertidumbre.

La flora de KKB.
La flora de KKB.

La carta

Antes de partir, un amigo musulmán de Rosario me encomendó entregarle una carta a una escritora inglesa, también musulmana, que vive en Malasia. Creí que me estaba tomando el pelo, como cuando nos contó que tenía un amigo que tenía un tanque de guerra, como cuando me dijo que se había vuelto musulmán 10 años atrás, como cuando una medianoche cayó en casa hambriento y nos pusimos a dividir los cappeletinis de carne de los de verdura.

3 horas antes de que saliera el avión pasó por casa a dejarme a la carta.

La carta en cuestión.
La carta en cuestión.

El encuentro

Lo que mi amigo no especificó era lo imposible que sería llegar al lugar donde vivía esta mujer, con su marido y 5 de sus 11 hijos.

Recorrimos el pueblo mostrando la pantalla del celular con la dirección. Primero se sorprendían de vernos allí; luego de no tener idea dónde era el lugar. Así que tomé algo de coraje y llamé al número de teléfono y sin dudarlo dijeron que vendrían a buscarnos de inmediato.

Al extenderle mi mano en el saludo, ella se cubrió la suya antes de estrechármela. Si quedaba algún ápice de duda de mi ignorancia sobre el Islam, acaba de desaparecer, junto con mi paladar agónico que ardía de picor con el nasi goreng local que cordialmente nos habían invitado y que yo cordialmente intentaba comer sin caer redondo.

A pesar de la tensión que nos había generado este encuentro por el miedo a actuar mal o faltar el respeto sin saberlo, decidimos aceptar la invitación de conocer su casa y familia. Sin siquiera saber quiénes éramos nos habían ofrecido su techo y habían manejado 40 minutos después de una llamada telefónica ridículamente escueta.

De camino a su casa, nos llevaron a conocer la represa de Kuala Kubu Bahru.
De camino a su casa, nos llevaron a conocer la represa de Kuala Kubu Bahru.

La familia en la selva

A menos de la mitad de camino, nos miramos con Victoria y coincidimos en que hubiera sido imposible llegar por cuenta propia hasta allí. El Sheik, marido de la escritora, nos señala uno de los botes que utilizan para navegar colina abajo cuando la selva se inunda; explica las diferencias entre las 4 ó 5 especies de monos que regularmente invaden la casa si uno se descuida. Lo que creemos son huellas de chanchos salvajes quizá sean las del tigre de Sumatra que habita los 60 acres, apodado cálidamente “tío peludo”.

Casi se escuchan los alaridos del babuino rey.
Casi se escuchan los alaridos del babuino rey.

No nos reciben solamente dos de sus hijos. Los acompañan dos cabras, un par de patos, un ganso, que es el que parece más agresivo de todo el grupo.DSC00894

La casa, construida por ellos mismos hace unos 18 años, es muy acogedora. La rodean cientos de plantas que aprendemos no solo son regionales, sino que muchas fueron traídas de lugares como Chipre, Damasco, Turquía. Los nervios de hace una hora han desaparecido; la amabilidad con la que nos tratan es increíble. Uno de los hijos nos sirve café; Aysha prepara una cena occidental para todos y poco después de comer, sin preámbulo, dos de los chicos cantan oraciones del Islam al ritmo de instrumentos de percusión. La qasida y su poesía en árabe es extraña a los oídos pero a su vez encantadora.

La religión

Está más que claro en todo momento que ni Victoria ni yo somos musulmanes. No notamos que eso suponga ningún tipo de problema para ellos. Con mi postura radicalmente atea, me sorprendo fascinado por escuchar de las costumbres y enseñanzas que ellos llevan por el mundo a otros sufí (la rama del Islam a la que pertenecen).

Nos preguntan sobre nuestra religión y de inmediato Aysha empieza a hablar sobre lo cerca que se encuentran el Cristianismo y el Islam en realidad. Su discurso es conciliador y muy abierto. Se ríe de las preconcepciones del mundo occidental; después de todo ella viene de allí. La burka, el terrorismo, el fundamentalismo religioso, todo tiene que ver con las personas y sus fines ulteriores, no con la religión.

Coincido y atino algunas otras preguntas sobre su vida espiritual intentando que mi ignorancia sea lo más respetuosa posible.

La charla transcurre en el centro de espiritualidad y orfanato que está más arriba del terreno que poseen en la selva. Hace más de 25 años que ayudan a familias de la zona y a niños sin padres.

Han pasado casi 5 horas desde que conocimos a esta familia y casi ni lo notamos. Insisten en conducir nuevamente los 30 kilómetros para dejarnos en el hotel que ya habíamos pagado y antes de llegar voy pensando en cómo demostrar agradecimiento en el saludo, manteniendo la costumbre musulmana a la mujer.

Al despedirnos, con la mano en el pecho (el mío, obviamente), reitero varias veces cuánto valoramos que hayan abierto las puertas de su hogar a un tipo de lentes tornasolados y a una petisa de musculosa.DSC00911

Me permito sospechar que el sobre que vinimos a entregar estaba vacío, que era solo una excusa para que yo suspendiera esa certidumbre en la que tan cómodo me siento. Si esta increíble experiencia fue obra de Alá, Cristo, Bismillah o Mandinga, dependerá de qué lado del Mar Muerto haya uno nacido.

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15 comentarios

  1. El final me dio una sensación rara.
    Me creo toda esta historia solamente porque, si la querés inventar, no te sale ni a palos. Sos un imán para este tipo de experiencias!

  2. La hospitalidad ofrecida por extraños y las cuatro o cinco especies de monos se leen como encuentros no demasiado sorprendentes gracias a las fotos o las circunstancias del viaje y los viajeros; la imagen de dos amigos clasificando capeletinis es la más bizarra de todas jaja Que sigan bien y ¡déle una patada al gps!

  3. me impresionó el relato desde el comienzo y enseguida pensé: no habrán sentido un poquito de miedo al ir internándose en la soledad del paisaje? Al final, todo re.bien, sorteando saludos y agradecimientos que a lo mejor no son exactamente los usuales, pero este tipo de personas intuyen agradecimiento de corazón

    .

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