9 días en San Diego

Cuesta imaginar una llegada más cómoda y placentera a otra de las ciudades doradas de California que la que me tocó: en la Tierra de las oportunidades, aun los desahuciados tercermundistas sin automóvil propio pueden gozar del confort de alta gama sin gastar demasiado dinero. Así que en lugar de tener que movilizarme en el transporte público hasta la estación de ómnibus o trenes del temible centro de Los Ángeles, una lujosa camionetita me esperaba el lunes a las 9 de la mañana en la puerta de mi hostel en Santa Mónica. Así de simple.

Éramos solo 3 los que íbamos a San Diego en el vehículo, por lo que cada uno pudo ubicarse espaciosamente en el lugar preferido. Tamaña fue mi alegría cuando Charlie, un conductor bastante simpático, nos contó que disponíamos de conexión wi-fi en la camioneta… ¿había mejor manera de comenzar una semana de trabajo que traduciendo mientras me alejaba del Orange County? I think not.

La camioneta de Hostel Hopper
La camioneta de Hostel Hopper

 Pero es acá cuando me debato si lo que siento últimamente cada vez que vengo a Estados Unidos es odio contra el país o simplemente odio a la persona que soy en países como este.

Es que necesito un poco de incomunicación, tener un poco de hambre a veces, no saber si voy a encontrar agua potable, que no haya aire acondicionado en todos lados. No lo quiero la verdad, pero lo necesito. Y Estados Unidos es uno de esos lugares, sino la epítome, análogos a un padre malcriador. No te deja necesitar una conexión de Internet inalámbrica perdida desde atrás de una columna de una estación de servicio; hasta la gente emite conexión a Internet gratuita. No quiere que camines 30 metros sin que haya 3 máquinas expendedoras de Coca Cola por si justo recordaste lo que era la sed; tiene miedo que tengas incertidumbre, que dudes y que se te ocurra pensar.

Y todas las aventuras y cosas divertidas de los viajes pasan cuando no estoy enfrente de la computadora, tengo hambre y/o sed, me estoy meando o me picó una araña. Todas las cosas poco interesantes que pienso y todas las ideas fallidas que se me ocurren aparecen cuando ni siquiera hay televisores cerca o me tuve que quedar durmiendo en el suelo de la estación de colectivos de Pirassununga durante 2 horas.

Sufrimiento + Incertidumbre = Anécdota divertida

Confort + Internet = Nada interesante sucede en la vida de nadie

Luego no es su culpa y por eso me odio en realidad a mí y trato de apagar la compu y mirar por la ventanilla el Pacífico. Vamos llegando a San Diego mientras pienso en todo esto o ahora digo que pensaba en todo esto para enlazar el relato e intentar disimular la anterior digresión hipócrita.

San Diego es alucinante. Y lo fue más porque de nuevo no sabía un carajo sobre la ciudad que visitaría. Reivindico así descubrir lugares desde la ignorancia turística; claro, que estas experiencias de fe ciega pueden ser tan felices como la primera vez que te pediste Crema del cielo o de dudosa satisfacción como cuando de niño decidiste comer plastilina. Vale la pena.

El hostel donde pararía los 9 días se encontraba en el Gas Lamp Quarter, un barrio bastante céntrico pero también cerca del mar, con variedad de bares y restaurantes, foco turístico de actividades nocturnas. El lugar donde hay que estar.

Viví en México y Honduras, y visité Cuba; me vengo aprovechando de la hospitalidad de Brasil desde que Anamá Ferreira se mudó a la Argentina. Así que es difícil que el mar del Pacífico me conquiste por su temperatura, por lo menos. Sin embargo, San Diego tiene unas 4, 5 playas bastante interesantes y a poca distancia. La famosa La Jolla te deslumbra primero con las pintorescas casas de su barrio; después llegás a los acantilados y el vasto océano aparece por ahí, como pidiendo permiso al capitalismo. El agua es de ese azul oscuro medio agresivo, que te avisa que te va pelar un poco con el frío. Cuando me metí, porque obviamente me metí igual, así con la misma malla que tuvo el privilegio de nadar en tantos otros lugares, el frío me causó un dolor que asumo será similar al ataque de miles de enanos muy pequeños pellizcando cada centímetro de mi cuerpo, con sus manitas bien chiquititas pero no por eso menos crueles. Y, ojo, no me refiero a enanos de tamaño normal con manos de magnitud proporcional a sus cuerpos, que entonces serían de tamaño chico en comparación a las personas normales. Sino a enanos incluso muy pequeños para lo que es un enano. Así de fría es el agua del Pacífico.

La Jolla
La Jolla
Gas Lamp Quarter
Gas Lamp Quarter
"¿Qué mirás?"
“¿Qué mirás?”
Balboa Park
Balboa Park

Cada vez que me metí al agua estuve como mucho 2 minutos.

Entre los huecos de tiempo libre y el sol que empezaba recién a florear con fuerza, visité las otras playas cercanas: Pacific Beach, Ocean Beach, Coronado Beach.

Pero San Diego no solo me gustó por su mar y playas. El clima en esta época es perfecto; las mañanas son templadas y sobre las 2 de la tarde se pone un poco caluroso, justo cuando ya me cansaba de trabajar y quería un poco de luz natural en mi frente con FPS 30. La mayoría de los días, aprovechaba que oscurecía cerca de las 8 y media de la noche para salir a correr por el puerto y una peatonal junto a la marina. Después volvía y comía algo bastante no saludable para al día siguiente tener la motivación culpa necesaria para salir de nuevo a correr. El ciclo perfecto.

Sumamos al cóctel el Balboa Park y su famoso zoológico, y creo que con eso alcanza para ganarse, al menos, el segundo lugar en mi podio de ciudades de la Costa Oeste de EE. UU.

1. San Francisco

2. San Diego

3. Portland

Me siento bien. Creo que mi mejor yo es el yo estival. Y eso que los otros yo también son bastante buenos, eh.

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6 comentarios

  1. O hacerte un collar de plastilina y descubrir que es imposible separarlo del pelo…
    Ah, y el agua del Pacífico no está tan mal, sobre todo después de ver (porque a meterme no me animo) la parte del Mar de Tasmania que le tocó a la Costa Oeste acá…

  2. Hola Nico!

    Soy la encargada del Hostel Hopper. Me alegro que disfrutaste tu viaje con nosotros y que nos incluiste en tu blog. Gracias!

    Me encanta tu perspectiva. Es la verdad…tenemos el wifi para un lujo, para que gente pueden escribir a sus familias, o hacer reservaciones o research para su viaje….pero te saca del momento. Me muero aca en EEUU que puedes estar en una fila en Starbucks y todos estan mirando sus telefonos…y nadia habla con uno a otro. Por eso hay que seguir viajando. Nosotros norte americanos escapamos del EEUU por que es demasiado comodo aca…y la vida precisa un poco de aventura.

    Tambien, quieria decirte que estamos haciendo una pagina en nuestro websitio con “blogs que siguimos”, y podiamos incluirte si te interesa. Avisame, y podemos incluir un link a tu blog.

    Espero que pasas bien y nos hablamos pronto.

    Saludo, Lauren

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