Ilha Grande no tiene fin

Las hojas de las palmeras refulgen desde sus bordes trigueños dorados; el verde de la mata atlántica contagia al del mar o quiere convencer de eso a los ojos espejados, que desde las escunas se acercan a la isla, maravillados. Desde mucho más alto y desdeñando a los rayos del sol, el urubú tiene incluso un mejor panorama antes de bajar a reposar en alguna de las piedras que se asoman en la costa. Si estuviéramos más cerca de él, podríamos ver cómo está sonriendo. Si es que los urubús sonrieran. Aunque, ¿qué supremo diseñador privaría de la sonrisa a un ave como el urubú, que se baña a diario en las calmas aguas de esta bahía para secarse después con mansas brisas de su vuelo, solo para luego volver a bañarse y cazar algún pez descuidado cerca de la superficie, para después, sí, sonreír, por su presa, pero más porque la vida le sonríe?

Este no es un urubú.
Este no es un urubú.

Así que sí, el urubú sonríe más allá de nuestra limitada capacidad para circunscribir el concepto de sonrisa a la combinación de relajación y contracción de determinados músculos de la boca.

Y mientras el urubú sonríe, llega la última barca del día a Ilha Grande, probablemente con pasajeros provenientes de Río de Janeiro y seguramente la barca habiendo salido de Angra do Reis, Mangaratiba o Conceição de Jacarei.

En el pequeño poblado que mira a la bahía son pocas sus rúas; entre dos o tres principales se dispersan los turistas, que ansían encontrar su posada en cuestión. La tranquilidad del lugar no solo se debe a que la carcajada del urubú suele ser silenciosa, ni a que la pequeña iglesia no tiene campanas reales: no hay autos, ni motos, ni colectivos. Solo unos pequeños carruajes para transportar carga decoran la puerta de algunos locales. La mayoría camina; unos pocos recorren en bicicletas.

No extraño Río de Janeiro, ni Utila, ni Playa del Carmen. Ilha Grande era, en efecto, el nuevo destino correcto para esta alma insular.

Así como es corto el tramo que une un extremo del pueblo con el otro, y la “Avenida Getúlio Vargas” desemboca en la playa con un ancho final de metro y medio, la superficie total de la isla es en realidad estúpidamente grande. Reconocemos, viendo decenas de mapas en las agencias turísticas del lugar, que quizá el supuesto mes de estadía se nos esfume sin llegar a conocer todos los puntos de interés.

Los profundos morros, las colinas empinadas con fango, los senderos encantados por el aullido de monos invisibles, las raíces serpentosas y las serpientes enraizadas, todos son obstáculos y aventuras y potenciales ampollas en los pies para llegar a la siguiente playa.

Vamos algo así como 11 de playas de las 106. ¿Llegaremos sin usar el antiofídico? ¿Lucas se perderá en una cueva en busca de la Fuente del Açaí Eterno?

Todo esto y mucho más en la próxima entrega de “Más vale urubú en mano que Peso argentino en el exterior”.

Este tampoco es un urubú.
Este tampoco es un urubú.

 

 

 

 

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