Río de Janeiro Express

Llegamos a la musa de tantas bossas novas bajo el velo onírico de la somnolencia que nace del encuentro entre el constante ronroneo de las turbinas del avión y el abatido lomo de quienes han trabajado durante varias semanas sin inconstancia. Es decir: llegamos dormidos.  El trayecto desde Rosario quizá se había hecho demasiado breve como para recobrar energías y por un momento pensé en usufructuar alguna máscara de oxígeno previo al desembarque.

O Cristo Redentor
No me voy a cansar nunca de fotos así.

Tan cansados estábamos que —Lucas y quien suscribe— casi nos pasamos de largo de la parada frente al Copacabana Palace. Pero el instinto viajero estaba más alerta y le pegué un grito al motorista (sí, voy a meter aquí y allá palabras en portugués para molestar) del bus para que pare y podamos emprender camino al hostel sobre las famosas veredas de Avenida Atlántica.

Bocabajo
Siempre quise festejar un gol así.

Como casi toda ciudad nueva y grande, Río nos recibió un poco desorientados y con semáforos muy parciales al tráfico vehicular. Pero no son muchas las similitudes con otras grandes urbes mundiales en otros aspectos. Me cuesta imaginar una Buenos Aires donde incipientes morros se traspapelan en medio de cualquier recoveco de hormigón o una París donde los museos pueden ser invadidos por simpáticos monitos, casi como replicando películas de Ben Stiller o Robin Williams.

Río de Janeiro respira en color verde y desemboca en sus amplias playas de Ipanema, Leblon, Copacabana. La ciudad contempla el mar mientras degusta un suco de açaí o goiaba, o un mix de vitaminas, guaraná y proteinato de calcio. Después de terminar la nutritiva bebida, Sr. Janeiro aún no se va a la oficina a trabajar. Se calza los shorts y encara para la playa listo para un buen ejercicio. Es que acá hay que mantener la forma y el estado físico, la primera para no darle vergüenza al sol mientras te bronceás; la segunda, para sobrevivir a la noche y fiesta de Lapa y Barra de Tijuca. Después, sí, capaz, empieza la jornada laboral y miramos el morro por un rato.

De inseguridad, bien gracias. He pasado más miedo esperando el 142 en calle San Luis si tengo que ser sincero. Con un ligero sentido común que siempre es bueno llevar en los viajes y ojos bien abiertos, se puede disfrutar de un agradable paseo por los lugares más turísticos de la ciudad. En ciertas zonas sí se ven a lo lejos, y no tanto, las famosas favelas parapetadas en las colinas verdosas, casi fusionadas con el paisaje. Mais no pasa nada. Lo más peligroso que vivimos fue la presencia en el hostel de una demente brasilera que merodeaba los diferentes alojamientos robando ropa y cosméticos femeninos, pero por suerte no se le ocurrió visitar nuestra habitación. Ah, también, una noche muy cálida a un irlandés se le ocurrió dormir en bolas y el resplandor de la luna sobre su luna llena me acechó toda la noche. No se lo deseo a nadie.

Astros en Leblon
13 balones en el aire de Leblon.

Por lo que, con un clima más que gratificante, aprovechamos para visitar lo más destacado de la ciudad, alternando entre playa, caminata de 5 kilómetros, playa, salida a correr a la vera del Atlántico, teleférico al famoso Pan de azúcar, caminata de 13 kilómetros por Botafogo e Ipanema  y una caipirinha de kiwi que todavía me deja un resabor en el lóbulo frontal. El Cristo de brazos abiertos nos guiñó un ojo durante los 6 días pero en la lejanía; prometimos subir en la próxima visita y le rezamos desde el pie del Corcovado para que nos augurara mucho sol y mares tibios en Ilha Grande: respondió que lo iba a pensar.

Río de Janeiro sobrevivió a las expectativas con creces; pero como bien habíamos presupuesto, es un destino que debe ser fugaz, para evitar que te atrape en su vorágine nocturna o te embadurne de su fructosa calma diurna. Es como el sol o algunos escotes: no hay que volarles muy cerca, ni mirarlos fijos. Porque te quedás ciego o te pegan un sopapo.

Vai embora.

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