Aguas de abril

Brasil siempre está cerca. Quizá por eso, uno que tanto la quiere, la olvida por un par de años.

Por ahí uno se deja fascinar por el Viejo Continente que aguarda miles de sorpresas e historias e idiomas, entreverados en países donde la gente no vio una buena rabona desde que Puskas se retiró del fútbol. O tal vez uno se arropa en las humedades del caluroso Caribe, también maravillados sus cristalinos por las cristalinas superficies que carcomen sus playas; un poco añorando los morros verdes que recordaba de vacaciones púberes pero olvidándose en persecuciones de barracudas y la ocasional fajita de pollo que le escapa a la arena.

Pero ni la rimbombancia de las grandes civilizaciones ni los paraísos coralinos que esconde Centroamérica terminan de borrar los paisajes subtropicales, la confraternidad sudamericana, las envidiables dunas que desembocan en el Atlántico que es de ellos y nuestro.

Brasil, su Sur, su Centro y su Norte, bordeando la espuma, es nuestro —Argentino— por insistencia. Brasil fue el primer beso de esa clase media de los ’90 en la que el Innombrable nos hizo creer que el cielo se podía tocar con las manos y que desde allí, la estratósfera, podríamos propulsarnos hacia donde quisiéramos. Y como todo primer beso, uno nunca lo olvida.

Así pues, este año, a casi 15 años de la primera vez que visitaba con familiares la punta sur de Brasil, por donde todos empezamos, vuelvo.

No será la primera vez que regreso. En eras pre-Traslación Estacionaria sufrí varios trayectos por tierra a Florianópolis, en las más tempranas oportunidades con diversa conformación familiar en vehículos imposibles que incluyeron un Renault 21 Nevada especialmente modificado para alojar hasta 8 personas. También revisité la popular isla Santa Catarinense con amigos, aquella vez en colectivo. Después vendrían las aventuras más nordestinas a visitar a amigos y descubrir lugares: Maceió, Maragogi, Porto da Galinhas; Jericoacoara, Canoa Quebrada, Fortaleza.

Praia do Forte, Florianópolis, SC, Brasil.
Praia do Forte, Florianópolis, SC, Brasil.

Pero han pasado 2 años de mi última incursión en tierras brasileras y un país tan amplio pide que lo sigan conociendo; y si no lo pide, bueno.

Traslación Estacionaria hace su primer viaje del 2013 con una particularidad de la que quizá se exuden un par de artículos más: ya no estaré solo. La nomadamanía ha contagiado a mis cercanos y con alegría proclamo la bienvenida a los viajes a un gran amigo, también traductor, que sabrá comprobar y degustar por sí mismo las mieles de la libertad geográfica. Con suerte y algo de tolerancia, este amigo —por el momento anónimo y misterioso— mío pisará Río de Janeiro el 9 de abril junto a mí para dar el puntapié inicial a un nuevo viaje teñido de la trashumancia digital que intento pregonar. Esbozamos el itinerario en un papel de calcar, pero con birome. Debajo yace un dibujo de la Muralla China donde pelean simpáticamente 3 de las Tortugas Ninjas. Así de confuso e incierto es nuestro destino. Creemos que todo será más claro una vez en tierras de Anamá Ferreyra; no hay premura por compromisos, reservas ni fechas.

Preguntas y dudas, muchas, seguro.

¿Fue todo un sueño el año anterior o es posible repetir esta experiencia traslacionaria con éxito? ¿Es verdad que en un par de días ya se habla portugués como por arte de magia? ¿Nos preguntarán por Maradona, Messi o el Papa?

Respuestas inconclusas a estas interrogantes, muchas más. Solo hay algo claro en toda esta cuestión: Translação Estacionária nao tem fim.

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