Última parada, Rosario

No te olvides, Miguel,

que si te vas del todo,
entrás a la nada.

Adiós, Miguel.

Puede ser que te extrañemos,
pero no estés tan seguro.
Que te garúe finito,
Aunque acá caigan de punta.

Adiós Miguel, Leo Maslíah.

Hasta acá llegué. Giro la cabeza y hago visera con una de las manos para tapar un sol que ya hace rato juega a las escondidas conmigo, para no decir que me toma de pelotudo.

No veo mucho para atrás sinceramente, pero la cartografía me dice que estoy bastante lejos de Argentina; de Rosario. Lejísimo de ese Febrero en el que me fui y mucho más de ese Diciembre en el que había decidido partir. Creo ver una congregación de los meses que dejé atrás, conversando, confundidos algunos, furiosos la mayoría.

“¿Canadá? ¿De dónde saliste con esa?”, resopla Enero, mientras escupe restos de semillitas de girasol. La última vez que lo vi a Enero estaba ansioso por México, furibundamente terminando trabajos, esbozando despedidas infinitas. Lo siento, hermano. Este año fuiste un mes medio intrascendente. Cabizbajo, junto a él, Febrero juega con arena entre sus pies. No se esfuerza tanto por esconder una sonrisa colorada. ¿Qué querés que te diga? Vos sabés que ser el que da el puntapié inicial de un viaje tan largo te va a dar protagonismo. Te llenás la panza de incertidumbres, caras nuevas, días un poco jodidos, pero sabés que sos el que comenzó todo, el que dio los primeros pincelazos. Y eso que no era tu primera vez, guacho.

Ya sé, ya sé, envidiás a Marzo, Abril y Mayo. Dejame adivinar: el bronceado, las playas y el reencuentro con amigos. Para colmo, ese trimestre tan ideal incluyó escapada a Cuba, bajadita por Chiapas, descubrir Guatemala, descascarar viajes dentro de viajes. Por eso estos andan siempre juntos, conscientes de su significancia. Pero los paro en seco, te digo, tampoco es para que se crean superiores. Porque hay para los 9.

¿Cómo puedo olvidarme de Junio? Parecen haber pasado millares, aunque está solo a la vuelta de cualquier esquina la isla de Utila. Con qué cara pude haber puteado por la humedad de ese paraíso en Honduras, no sé. Espero haberla dejado enterrada cerca de alguno de los naufragios de por ahí. Ay, y Julio. Platinado volví a las profundidades; reafirmé que no hay mareo ni experiencia semifatal que me pueda convencer de lo contrario: me gusta bucear. Entre chapuzón y chapuzón me fui despidiendo de dos meses insulares y fugaces como pocos.

Casi pecheando, se me acercan los tres más robustitos. Miran como exigiendo explicaciones. “¿Y nosotros qué, che? No seas forro, forro. Si con nosotros te reencontraste con tu hermana, te empachaste con Nutella y te amigaste con tu lado consumista, eh.” Me tomo unos minutos más con estos meses, más atolondrados, un poquito más lentos que el resto. No entienden que esta metáfora se me iría más de las manos si encima no los nombro cronológicamente. Les ofrezco algo para tomar pero Septiembre medio que me bardea; Octubre me acepta un vasito de Lemoncello pero sigue con cara de orto.

Lo admito. Llegar a Estados Unidos en Agosto (deja de jugar con una mandarina y presta atención) fue un poco decepcionante. Me tomaría un tiempo asimilar una cultura que me di cuenta no era tan idílica como pensaba. No tanto tiempo en subirme al vagón del sueño americano y disfrutar, ya que estaba. Y en Portland, en Septiembre, me rendí a tus pies, Norteamérica. Fue breve pero me rendí y encontré verdes inesperados y acepté que era una parte del viaje diferente.

El de la primavera en el hemisferio Sur me pega una cachetada y me interrumpe. Entiendo que está enojado porque no me explayo en la gran amistad que encontré con él. Basta. No hay tiempo para todo.

Vos, Octubre, que estás acá cerquita, a un día, vení, vení. No seas zonzo; sí, sos casi el del final, eso te da un poder que el resto no tiene. Con vos pensé en vos y en todos los otros. Con vos pensé en otros Octubres, en otros años y hasta en meses que ni existen todavía. Sos el que me vio deshacer esta persona adaptada a viajar durante 9 de los tuyos, forzada a fundirse en un todo que cambia en segundos, a sacar una sonrisa de cualquier bolsillo entre frontera y frontera, para salvarse de alguna que otra biaba.

Desarmada y diminuta guardo a esa persona, a ese manojo de elementos que pierden valor con cada paso, mapas y nombres de calles que voy pateando a un costado, y la guardo en el bolsillo más pequeño. Es ese bolsillo de la mochila que —después de que pise suelo Argentino en Noviembre (sí, vos, despertate), más certeramente el 3 de vos— olvidaré siquiera existe.

Por eso es tan seguro guardar a ese traductor viajero —guardarme— ahí. Así me desvanezco. Casi al mismo tiempo que empiezo a esperar los bolsos junto a esas cintas de los aeropuertos, que en realidad son una broma del infierno, ya no soy el mismo y el sombrero me es bastante ajeno. Me convierto de nuevo en el tipo que hace un esfuerzo por saberse un par de nombres de jugadores de fútbol, moneda de cambio en la conversación con algún taxista. En el que recorre la peatonal viendo si siguen estando los mismos que vendían praliné hace casi un año, y se distrae en la puerta de las agencias de viaje viendo fotos malas, como si hicieran dos años del último viaje y tan solo pasaron dos semanas. Ahí ya seré el tipo que se ríe del otro que llevaba una botellita de agua a todos lados.

Así que, Noviembre, no te quejes porque solo te hayan tocado dos días en el exterior y hayan sido los menos turísticos de los 260. No te quejes; más bien deberías sentirte halagado. Te elegí para regresar; te elegí para volver a elegir volver, como me gusta. Deberías saber que sos el final y solés ser mi favorito.

Sos ese en el que vuelvo a mi ciudad, a mi país, porque sé que ya pasó el tiempo suficiente. Para que todo tenga sabor de nuevo en donde tal vez ya no quedaba tanto sabor. Para que me haya olvidado de ciertas esquinas de mi propio departamento y no sueñe con extractores ni fantasmas que estuvieron allí —y me intrigue volver a recorrerlas, volver a escucharlos, volver a corroborar que ya no están.

Pasó el tiempo suficiente como para que volver sea tan necesario como lo fue haberse ido.

El sábado llego a Rosario, Argentina. Dicen que es lindo.

Letra de canción de cantante rosarino usada hasta el hartazgo, y falaz. Nada siempre está cerca. Nada siempre está. Nada siempre. Nada. .
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10 comentarios

  1. Se me piantó un lagrimón con los últimos tres párrafos. Ojalá que el regreso sea tan refrescante como la partida. Mirá que, hasta ahora, Diciembre no dijo “esta boca es mía”, y en algún momento ese guacho va a tener que hablar.

  2. Puto esquizofrénico!
    Alguien te tenía que bardear y se ve que Gus está ocupado espantando mosquitos y haciéndose baños de asiento.
    Me encantó, gracias por compartir con tanta dedicación. Ahora tiene que venir la estación traslacionaria. Te quedás en Rosario y contás de tus estados alterados de conciencia!
    Nos vemos pronto.
    PD: igual técnicamente tu viaje empezó en Capilla, así que hasta que no nos vengas a visitar de nuevo, no habrá terminado [música de los x-files] [fade out]

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