Los trenes matan a los autos

Hace algo así como unos 15 años, me tomé el primer colectivo de larga distancia casi solo. Premonitoriamente de nuestro viaje juntos más reciente quizá, mi hermana mayor y yo partíamos con destino a la desolada localidad de Aguas Verdes.

Mentiría si dijera que recuerdo qué película pasaron durante el viaje o acaso cuál fue el parador en el que algunos bajaron a estirar las piernas. Sí sé que fue la primera vez que me descompuse y vomité en un vehículo. Imágenes posteriores de otro trayecto extenso a nuestra vecina nación Brasil muestran un compungido joven combatiendo contra el fallido efecto de un Dramamine y el exitoso efecto de la gravedad de los semilíquidos por el estrecho corredor del Chevallier.

Historias de vómitos tengo cientos (bueno, quizá decenas, pero son suficientes como para crear otro blog que se llame Reflujo Estacionario o La Bilis y Yo) y en diversos tipos de vehículos y circunstancias.

Autos, colectivos, combis, montañas rusas, barcos, ferries. Lo que quieras.

MENOS trenes.

No hay cinturones de seguridad, porque no son necesarios.

Descubrí el tren como medio de transporte recién en Europa, hará unos 3 años. En mi infancia, los trenes habían sido esas cosas del pasado, abandonadas, donde mi madre nos llevaba a jugar un sábado a la tarde con el resto de mis hermanos. Con entusiasmo, corríamos por la estación en busca de vagones abiertos que explorar; compartimientos mustios y semioscuros con ese olor característico producto de la combinación de orín, grasa y el fracaso de nuestros gobernantes por revivir el transporte mas eficiente de la modernidad.

Me costó mucho remembrar ese hedor mientras esperaba el TGV en la estación de trenes de Bruselas. Tampoco me encontré con ningún vagabundo durmiendo al subirme a la clase turista del Amtrak Cascades que me llevaría rumbo norte por la Costa Pacífico.

No se trata solamente de que en las butacas de aviones y autobuses nunca quepo. Tampoco es la sensación de encierro que traen las cabinas presurizadas o que te toque ventanilla con una anciana sedada al lado.

Viajar en tren no se siente como viajar.

En pocos minutos el traqueteo de la máquina por las vías se vuelve el ruido blanco más perfecto; la altura de visión es la ideal; los techos altos. Tu vagón puede ser el 7, pero nadie espera que te quedes allí durante todo el viaje. Si sos como yo, antes de que la ciudad sea un punto en el horizonte, ya estás explorando otros vagones con la sonrisa de un niño que no tuvo que tomar ninguna pastilla, camino hacia el comedor o quizá en busca de otro asiento más cómodo.

Las posibilidades son muchas en un tren, que es como una ciudad en movimiento.

Sí, en ciertos colectivos te levantás, vas al baño, incluso si sos un valiente te le animás a la máquina de café (cuyo mecanismo siempre sospeché puede estar ligado costoefectivamente al del baño, argh) o al juguito. En el avión hacés algo parecido, pero la coordinación necesaria es mucho más compleja, porque entre la venta duty-free en el aire y los carritos que bloquean ambos pasillos, pasear es tarea titánica.

En un lindo tren te sentís libre. No hay problemas de tráfico, no hay imprevistos. Alguno me dirá que es lento. ¿Qué apuro tenés, Ayrton? Yo soy una persona quisquillosa y afirmo que he estado más cómodo en trenes que en muchos lugares inmóviles (como atriles de confesionarios y colas de bancos).

17 horas de viaje son una brisa, especialmente si tu vagón tiene buena recepción del WiFi gratuito y podés enchufar tu compu para ver tu serie favorita.

Lamentablemente, el mundo que nos toca vivir es muy amplio y se nos irían varios años si el ferrocarril fuera nuestra única alternativa. No desmerezco a los otros vehículos; sé que son necesarios en muchos casos. Supongo que es una predilección la de elegir vías antes que ruedas o alas, si está la posibilidad.

Al llegar a estaciones de trenes y ver grandes relojes anticuados, me aborda un sentimiento de nostalgia ajena que cuesta describir. Como si siglos de llegadas y despedidas en esos andenes me poseyeran, pierdo la noción corpórea. ¿Cuántos nunca habrán vuelto, cuántos nunca llegaron?

Es solo un instante pero me alcanza para soñar antes de dejar la plataforma. Sueño que ya no hay autos, ni aviones, ni camiones gigantes que destruyan nuestros senderos. Solo vías que saben hacia dónde vamos sin que haga falta que abramos los ojos. Se replican infinitos los andenes en el mundo. Los tramos son suspiros interminables o imperceptibles según la ansiedad de sus pasajeros.

Camino a Ibarlucea.

Algunos pasan sus años mirando por la ventanilla, esperando que alguien los esté esperando; la parada perfecta. Otros, inquietos, caminan hacia el primer vagón creyendo ilusamente que están más cerca de la meta.

Nadie puede pararlo ni bajarse. Podrán gritar que la dirección no es la correcta, que sus destinos quedaron detrás, que hay que volver porque dejaron miles de canillas abiertas y miles de puertas de calle sin cerrar.

El tren es la vida. El tiempo. O algo así.

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9 comentarios

  1. Podría tener una columna semanal en “Reflujo Estacionario”. Totalmente de acuerdo en que el tren es muchísimo más eficaz que el Dramamine… y más poético.

  2. Tengo tres posteos al respecto. Te los dejo por si te interesa comparar notas. Para resumir, coincidimos.
    *http://beejourney.wordpress.com/2011/04/03/railway-scenery-scene/
    *http://beejourney.wordpress.com/2011/04/03/personajes-de-amtrak-california-zephyr/
    *http://beejourney.wordpress.com/2011/04/03/now-i-know-what-it-means-to-enjoy-the-ride/

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