Vancouver al Wok

“No voy a morir, no voy a perder el tiempo.

Viajaré al techo del mundo; te voy a alcanzar”.

Sueño de Valeriana, Rubén Goldín

Pensé que luego de 2 semanas en Canadá, arrancaría este artículo explicando por qué quiero más a los canadienses que a los estadounidenses y por qué son mejores, más cultos y más educados; uno de tantos prejuicios que fui formando después de conocer un par de cada. Por suerte para los últimos, no puedo hacer tal cosa porque todavía casi no hablé con ninguno.

“¿Cómo es eso posible, Nico?” Preguntarán extrañados, con la ceja fruncida y una expresión de confusión similar a la de los rotiseros mexicanos cuando les pedís un kilo de molleja.

Una razón es que los mexicanos no entienden nada de la vida (cuyo significado claramente está ligado al aprovechamiento óptimo de la totalidad de la vaca para el consumo humano como celebración social y enaltación de los sentidos, especialmente el gusto).

Otra razón es que, contra todo pronóstico, fui acogido por una familia con raíces y árboles polaco-japoneses. Un Día de Acción de Gracias asiático y varias comidas étnicas con compañías eslavas y germánicas después, todavía no sé ningún chiste canadiense.

“Crece la preocupación por la escasez de salsa de soja”.

¿Mencioné que Richmond, el barrio-ciudad de Vancouver donde estoy viviendo está compuesto en más de un 50% por chinos, coreanos y japoneses, lo que lo convierte en el lugar con mayor concentración de amarillitos en Norteamérica?

Que te garúe chinito

No sé por qué les gustará tanto este lugar a los orientales, pero estoy seguro que no es por el clima. Había sido advertido, pero hice oídos tordos a décadas de historia climática, como siempre creyendóme el protagonista de una película soleada, donde no existen los días de mierda. Estaba equivocado: no soy Jim Carrey en The Truman Show (de hecho es la peor analogía porque no lo dejaban viajar al pobre) y la lluvia, la niebla y las nubes y el frío sí existen en esta odisea.

Stanley Park, con sol.

No voy a exagerar; no estoy en Mordor ni me persiguen hordas de orcos porque poseo un valioso amuleto capaz de dominar a todas las especies de esta esfera. Simplemente me malacostumbré al radiante buen clima y pensé que la fortuna meteorológica que tuve hasta Portland me iba a seguir un mes más. Fucking deal with it.

Pero posta que le pongo la mejor onda que puedo. Salgo a correr y me cago de frío cuando me golpean vientos alaskanos en mis termosensibles muslos sudamericanos. Camino a paradas de colectivos bajo lloviznas incesantes y nieblas mortecinas. Me refugio en museos que no me interesan. Saco fotos a paisajes arruinados por la negrura que acecha con engullir los rascacielos.

Sin sol.

Un buen punto de partida

Con esperanza miro los pronósticos del tiempo para así planificar actividades consecuentes con los dibujos de nubecitas, nubecitas con agüita, nubecitas con mitad de solcito o, con mucha suerte, solcito completo solo.

Pero no quiero mirar el mapa demasiado. Canadá es un país enorme. No sé demasiado al respecto, pero seguramente haya 5, 6 lugares imperdibles para conocer. Vancouver es una buena entrada por lo que he podido recorrer. Los alrededores de una ciudad no tan inmensa como otras regalan verdes y cobrizos; más atrás se ven montañas que ansían la llegada de un nuevo invierno blanco.

Así como los esquimales tienen 50 palabras para la nieve (realmente odio este “factoide”, ha sido repetido hasta el asco), parece que los canadienses tienen varias para el esquí y el hockey sobre hielo. Meh. Yo ansío por volver al calor.

Reloj de vapor en la calle Agua. You’re pushing your luck.

Es momento de aceptar que mi tiempo en este viaje se agota y que no tengo el abrigo suficiente para soportar la estación venidera en el hemisferio norte.

Las playas y el sol han quedado atrás. Y mi bronceado también.

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2 comentarios

  1. Como dirían en Yorkshire, ‘arden up! (léase “Harden up!”)
    Yo tampoco soy la protagonista de una película soleada pero, a diferencia tuya, sí estoy cerca de Mordor y sus orcos…
    Si te sirve de consuelo, si no hubiera lluvia, no conoceríamos los arco iris 🙂
    Ajjjj, qué cursi.

    Pd. Lo de la nieve me hizo acordar a las clases de lingüística (pienso y hábilmente paso una birome entre un dedo y otro…)

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