Guía para el Nómada Digital, n.º 1: “¿Qué es un nómada digital?”

Un nómada digital es, según lo define la Real Academia Española se me canta definirlo a mí: aquella persona que ejerce su profesión a través de Internet, aprovechando el carácter no presencial de su trabajo para viajar y vivir en diferentes lugares del mundo de manera temporaria. Puede dedicarse a, por ejemplo, la fotografía; el diseño web, gráfico o audiovisual; la programación; la traducción (yo); la escritura a pedido; la escritura de artículos de viaje; y otros.

Como la redacción de definiciones terminológicas en diccionarios no es mi fuerte, voy a intentar elaborar un poco más el concepto informalmente.

En general, un nómada digital es alguien que trabaja independientemente, sin contrato con una empresa específica, o cuyo acuerdo con una o varias empresas no estipula la obligación de ponerse un saco e ir a una oficina todas las mañanas en una ciudad determinada.

Hasta ahí, nada raro. Mi descripción apunta a lo que también se conoce como freelancer, palabra anglosajona que se hizo más popular últimamente con el auge de las telecomunicaciones y la facilidad para interactuar en línea con clientes, empresas y prospectos en cualquier parte de la esfera.

Ahora, a diferencia del autónomo que recibe y envía sus trabajos a través de la red y pasa sus días en la comodidad de su casa y ciudad de siempre, el nómada digital lleva esa libertad un paso más adelante. Decide que, en lugar de establecer una oficina hogareña desde la que llevar a cabo todas sus tareas diarias, no necesita estar anclado para continuar con las actividades que realiza para subsistir. De hecho, esencialmente disfruta del viajar y de todo lo que eso implica, por eso lo incorpora a la rutina de su trabajo y vida.

Ambos pares de pies pueden ser los tuyos. Hacé clic acá para convertirte en nómada digital hoy.

Además de este rasgo, suele tener una personalidad ambivalente. Disfruta de la calidez de un hogar con el que está familiarizado; de sonrisas gentiles y barrenderos vecinos; de esa conformista tranquilidad que le susurra cada noche que el día siguiente será exactamente igual al anterior y al que le sigue. Pero en el fondo —o en la superficie según el momento— también precisa de la novedad que traen las aventuras más allá del palier, de descubrir qué tan fuerte pega el sol en otras latitudes, de averiguar cuán incómodo puede ser no conocer los códigos de saludo en la Indonesia.

Como tantas otras comunidades trashumantes del pasado que dejaban las tierras en busca de nuevos recursos, el freelancer viajero siente que, por diferentes razones, los “recursos” de su residencia actual se han agotado, y aprovecha su condición para emprender una travesía y conocer nuevos páramos que puedan revitalizar la pasión que tiene por su trabajo.

Y cuando los astros bajan y las mareas se alinean, zarpa.

Su destino es difuso, pero no así su determinación. No tiene fecha de retorno. No se va de vacaciones, ni de paseo. Su única compañía, de momento, son las herramientas que le permitirán subsistir en cada destino. Y un horizonte con prioridades líquidas: trabajar para seguir viajando; viajar para seguir conociendo; viajar para volver a vivir.

Geográficamente puede estar en cualquier lado. Digitalmente nunca se movió del lugar.

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