Bienvenidos a Portland

Se acabaron las vacaciones

Ya hace casi un mes que estoy en la capital de Oregon, pero recién ahora puedo ponerme a escribir este artículo. ¿Por qué? Porque a pesar de que me cuesta bastante que me crean, en toda esta traslación estacionaria que ya pasó los 7 meses, ¡también trabajo!

De hecho, junio y julio fueron meses bastante atareados entre días y noches poco álgidos de traducción y revisión, con algunas mañanas y atardeceres de buceo aquí y allá. Así que me merecía un descansito de dos semanas vagabundeando a la Vercesi por la costa Pacífico, para recargar energías y seguir con este gran capricho.

Por suerte, me bajé del tren que llegaba de San Francisco y ya tenía con qué entretenerme. Y, mucho más importante, tuve una gran amiga argenTini que me hizo el aguante en el sillón de su casa durante la primera semana y media.

¿Por qué Portland y no Rancho Cucamonga?

Porque a pesar de que me cuesta bastante que me crean, es MUY difícil trabajar on the road literalmente. No me puedo tirar en el suelo de la pieza del hostel y masticar 2500 palabras. Y listo el pollo. Eso, la posibilidad de tener amigos instantáneos (en realidad una sola que vive acá pero se entiende) con los que hacer planes divertidos sin tener que pasar por todo el proceso vincular anterior a la amistad y el hecho de que todo el mundo decía que Portland es una ciudad alucinante, fueron suficiente.

Mirá quién tocaba justo.

Además, si agarran el mapa se darán cuenta de que estoy subiendo al techo del mundo.

Mi casa por este mes debió estar cerca de la de mi amiga a fines prácticos. Sus coquetas decoraciones —ligeramente afeminadas quizá— y su ambiente hogareño ayudaron a que pueda ver con mejor ojo mi estadía acá. Porque el otro fue lo que me costó el mes de alquiler, si lo comparo con México y Honduras.

Yo vivo ahí arriba, en él ático. Y la señora me da cabecitas de pescado de comer.

Radiografía de la ciudad de la rosa

Esta ciudad no es la típica norteamericana. Pareciera que una gran cantidad de sus ciudadanos fueron contagiados por una extraña fiebre holandesa y, obnubilados, conducen bicicletas por toda la ciudad. Fácilmente se pueden seguir las ciclovías desde cualquier punto y llegar al centro sin que te atropelle ninguna SUV. Hasta diría que los ciclistas son los reyes de la calle; hacen lo que se les canta y todos les sonríen.

El río Willamette separa el centro de la ciudad de la parte Este.

Me cuesta recordar la adorada “M” de tan omnipresente cadena de hamburguesas universal. Acá ella y otras viles cadenas imperialistas se esconden en las afueras de la ciudad, casi avergonzadas y con temor a que les tiren con algo. Pasa que los portlandinos (portlandenses, portlandeños) le dicen “no” a las megatiendas multinacionales; le bajan el pulgar a todo lo procesado afuera; escupen todo lo que no sea local y cosechado naturalmente.

Sería algo así como una religión de lo orgánico, que fomenta el crecimiento de lo regional por encima de todo y la enaltación cultural de todo lo comestible y bebible. Es un fenómeno bastante extraño si tenemos en cuenta que la ciudad está en EE. UU.

Y como persona, para que te consideren del lugar, tenés que tener alguno (o varios, o todos) de los siguientes:

– Tatuajes visibles (preferentemente muy visibles)

– Bigotes largos y anticuados (si sos mujer mejor)

– Aspecto de hipster (o artista, pintor, reventado o crítico de cine, aunque no lo seas)

– Algún instrumento musical (no importa que no toques)

– Algo raro, algo que te distinga

– Lentes de marco oscuro y grueso

La experiencia del café

En otras ocasiones he expresado mi predilección por esta bebida espumosa y potente que tanto ayuda a los espíritus autónomos a llevar su día adelante con mayor dignidad. Sobre cuán sabrosa es la bebida caliente en lugares de tradición cafetera como México, Guatemala, Honduras.

Portland Latte Art.

Pero acá se zarpan. Son fanáticos del latte, del café helado, del capuchino tomado de una boina en un zaguán. Es imposible caminar más de 20 metros sin encontrar un lugar donde preparen el mejor café. Y no te lo sirven así nomás; con los acabados de leche te pintan figuras de la naturaleza en el marrón humeante: una flor, un trébol, dos ancianos perdiéndose en una arboleda.

Un día me empezaron a escribir unos versos de Shakespeare en un café con leche pero la paré en seco a la barista. “No me jodas, me tengo que ir y ese autor no me gusta. Metele que son pasteles”, le dije, y acto seguido pateé la mesita donde está el azúcar, la canela, la vainilla, el edulcorante, el azúcar negra, la leche adicional, la miel, los palitos para revolver, las cucharas de metal, las tapitas de plástico y una biblia. Mientras todo eso volaba por los aires agarré el café y salí corriendo. Cantando una que ellos no sabían.

La experiencia orgánica

Nada se destruye, todo se transforma. Esa es la filosofía exponencial que tiene la ciudad con respecto a los residuos. Y así como hay gente que le da a todo lo que se mueve, acá la gente recicla todo lo que no. Debe haber como 18 colores de tachos de basura para categorizar lo que tirás. Lo celebro, pero mi cerebro no está acostumbrado.

También ya evolucionaron del “agua con o sin gas” como variante a la bebida elemental; por alguna razón el estándar de agua acá en los restaurantes es “agua con rodajas de pepino”. A tenerlo en cuenta por si están de visita y quieren evitar ese horrendo sabor.

La experiencia gastronómica

Como los hay miles de cafecitos, los hay millones de lugares para comer. Y todos tienen su toque de culto. La comida es tan variada como exquisita. Para el bolsillo roto del sudaca están los “estacionamientos” de carritos, donde por unos 7 dólares podés comerte un sanguche rico, un kebab o un poutine. Si ponés unos morlacos más ya podés sentarte a comer en un lindo restaurante bien ambientado y bien atendido; acá la competencia es tal que no pueden darse el lujo de ser chotos en el servicio o los platos.

Experiencia Estacionaria, Etapa 3

Podría seguir, porque la ciudad no escatima en actividades nocturnas, alternativas musicales, eventos culturales. Salís a comprar pan y te encontrás con un payaso tocando un violín y dos enanos que bailan al son de la música. Te tomás un colectivo para pasear por el centro y te perdés en la librería más grande del mundo. Las opciones son infinitas.

Para abrevar: Portland es una ciudad muy particular, y afortunadamente en el buen sentido. Quedará para futuros análisis si es un lugar en el que viviría a largo plazo, pero sin duda fue una acertada decisión como base en Estados Unidos.

No hay punto de comparación entre este lugar, y país, y los dos anteriores. Se extraña eso de las ojotas, el sol, el agua y los bronceados de deidad caribeña. Pero el timing es el timing; me fui de los huracanes para caer en una zona donde solamente NO llueve durante 2 meses del año: estos dos.

Mt. Tabor Park

Aprovecho un parque muy cercano para ponerme al día con un poco de ejercicio y hacerle una batalla a las calorías; y los huecos de ocio para hacer actividades divertidas con excelentes compañías.

Cuando el frío y la lluvia comiencen a aparecer yo ya no estaré acá. Estaré muy lejos, donde haya vuelto el calor y el sol radiante perla marinera.

Estaré donde quiera, porque mi oficina tiene rueditas.

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3 comentarios

  1. Impecable, como siempre. Todavía me río con el párrafo de la late. Acá te dibujan una hoja de helecho, la formación de los All Blacks o te escriben el Haka. Tengo que encontrar un buen equivalente para el “metéle que son pasteles”…

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