Hermanos Unidos de América III: San Francisco

Los vientos tórridos de ese boulevar de herejía nos devuelven a la Ciudad de Ángeles Mendigos, haciendo trizas lo que hasta ese momento era una logística digna del nuevo Francescoli de la planificación de viajes.

No hay tiempo para lamentarse ni para que el pancho en la estación de Greyhound atraviese la frontera de la laringe. Hay que subirse al nuevo colectivo, que extienda lo más rápido posible la distancia entre nosotros —gente linda y de bien, turistas— de toda la paria olorosa que juntan otros vientos en estos entornos.

Los pasajeros y las instalaciones hacia el nuevo destino conforman un agradable microclima social muy distante a las costras que bordean el centro de la ciudad más grande de California: los destellos de varias laptops iluminan el camino hasta nuestros asientos y se respira un aroma de alivio que pronto descubrimos que en realidad es el WiFi de cortesía.

Volvemos a ver turistas como nosotros y creo que por primera vez mi hermana duerme en un medio de transporte sin pánico a que le extirpen un riñón.

La llegada acolinada

La mañana nos despierta en un puente que no es el famoso pero que igual nos deposita en San Francisco, cumpliendo con su funcionalidad pero sin esperar ser parte de postales. El Bay Bridge, hermano a la sombra del Golden Gate.

Caminando hacia la bahía

Sin saberlo, comenzamos nuestra travesía al hostel, cargados de bultos y arreciados por un viento duro y las famosas pendientes que habíamos ignorado hasta el momento. La primera hora no la pasamos para nada bien. Pero después de un par de puteadas al aire y al que puso las instrucciones de cómo llegar al hostel, encontramos el callejón.

Coqueta y voluptuosa

San Francisco se sabe linda. Por eso se viste de calles elevadas que dejan vislumbrar escotes de bahía y mar, curvas inclinadas que te arrojan en parques, mesetas en las que te deja recobrar el aliento para seguir disfrutándola.

Se sabe deseada. Quizá por eso de mañanas se levanta un poco de malhumor y se esconde entre nubes y nieblas inexplicables que bañan sus puentes y lunares, y descorazonan hasta al turista amante más ávido.

Tras la niebla, el Golden Gate Bridge.

Si las piernas resisten el pedaleo hasta después del mediodía, ella te muestra su cara más bonita. Esa que tantas postales inspira; desde la costa de Sausalito y por su propia bahía te deja acariciarla.

Se sabe enamorable. La comparás con anteriores y saca un par de cabezas, no solo por sus colinas; sus rosedales, su gente peculiar, juegan un gran papel. Las noches te hacen abrigarla un poco, porque se enfría. Cientos intentan ganarse un lugar en ella; notamos que no es tarea fácil.

Desde arriba de la calle más zigzagueante del mundo.

Se sabe costosa. Pero no arrogante. No es una París, ni una Londres, que ignoran tus halagos y tus intentos de caricia. San Francisco te invita a quedarte un poco más, a descubrir recovecos más amigables con tu bolsillo, a perseguir con los oídos melodías que nadie debía escuchar.

Escape from it.

Te sentís parte de ella, dejando mapas de lado y trazando rutas unívocas a paisajes que se impregnan en sentidos involuntarios, en retinas ajenas.

Al final, no puede evitar un cierto desdén. Será inconciente; pero sos uno de tantos que vinieron y vendrán.

Así que, como todas las mujeresciudades hermosas, te da la espalda y hay que seguir en otra dirección. Hacia adelante, hacia atrás, no importa si no sabés leer las brújulas.

¿Acaso no es eso viajar?

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3 comentarios

  1. …y si te metés en algunas callejuelas (ej, donde estaba nuestro hostel), te das cuenta de que las más lindas también van al baño, sin olor a rosas.

    Muy buenas metáforas! 🙂

  2. Todavía puedo recordarnos arrastrando el equipaje por esa empinada cuidad!!! Con el corazón galopante y los cuadriceps ardientes!!! Valió la pena!!!

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