Hermanos Unidos de América II: Las Vegas

Terminator 2: Sarah Connor se queda dormida en una mesa y sueña que está detrás de un alambrado de una plaza. Su hijo juega en una hamaca y en la lejanía se ve una ciudad. De repente, un holocausto nuclear desata una onda expansiva de fuego que arrasa con todo, rostizando a todas y cada una de las almas, incluidas las de Sarah Connor y Sean. Ya no son más que un puñado de polvo de huesos.

Así es Las Vegas a mediados de agosto.

What happens in Vegas, probably does so indoors.

Todo el día y toda la noche una estampida de fuego seco y sangriento aplasta a cualquier infeliz que ose caminar al aire libre. Tu rostro al viento es como meter la cabeza en el horno para ver cuánto le falta al pavo de Acción de Gracias.

Aunque en realidad, si bien indefectiblemente uno arranca comiéndose este acompañamiento ni bien pisa el desierto de Nevada (¿ironía o arbitrariedad?), el verdadero plato principal de esta ciudad es, justamente la ciudad que hicieron de la nada estos muchachos. Es para aplaudir de pie que hayan podido lograr convertir este pedazo de averno en uno de los centros turísticos más importantes de Estados Unidos.

Como perros embobados por puntero láser, los turistas ladeamos la cabeza ante las imitaciones en casi escala real de la torre aguja, los canales de Venecia, la torre Eiffel y otros monumentos simbólicos del mundo, solo que esta vez con un toque algo vulgar. Con precaución milimétrica –los que no empezamos a consumir cócteles explosivos a las 11 a. m. a la luz de las maquinolas–, al mismo tiempo vamos esquivando los promotores de cabarulos y minitas de dudosa reputación y manteniéndonos cerca de unos inútiles rociadores de agua. Intentan paliar el calor que proviene en lenguaradas desde el infierno. No lo consiguen.

No hay caso, hay que entrar a los hoteles-casino-resorts-shopping para aspirar a la salvación climática. No importa a cuál de todos entrés, el egipcio, el medieval, el moderno o el italiano. O el circo. Pareciera que el mismo esfuerzo y dinero dedicado a distinguirse y tematizarse superficialmente también se apostó en hacerlos virtualmente iguales por dentro, al nivel del suelo.

El problema ahora, adentro, es que el frío de la climatización te hiela los huesos que te quedan sin pulverizar. Las Vegas no tiene punto medio; se ve que el gobierno no les pide que lo pongan en 24°, ni que cierren las puertas para que se ahorre energía. Así que uno por ahí tiene ganas de tirarse en la alfombra en busca de abrigo. Total, es la ciudad del pecado y eso sería una minucia en comparación.

Vista nocturna de Las Vegas desde la torre del Stratosphere Hotel. Si miran bien se distingue el fantasma de Elvis.

Las tragaperras, las mesas de póquer, blackjack y otros juegos de cartas, se interponen en el difícil camino que nos separa en diferentes casos de la habitación, la pileta o el siguiente casino donde admirar las suntuosas estructuras que rodean miserias repetidas: gordo en carrito babeado frente a maquinita, vieja harapienta ensimismada en la pantalla de un jueguito de los Picapiedras, millonarios con glamour grasiento que derrochan verdes en barras con mirada libidinosa.

Pero que no se malentienda. Fue tan divertido como estar en un zoológico… del lado de adentro de la jaula de los monos.

Y cuando no hay que preocuparse porque se te vacíe la cuenta bancaria ni porque te abandone tu familia ante el escarnio de aspirantes a conejitas que terminaron vendiendo cajetillas de cigarros, uno puede mirar las marquesinas del boulevar con otros ojos.

Ya sabemos que no festejaríamos los 60 de mi hermana ahí, ni nos casaríamos en una de las capillas (porque hay que ser muy hábil para esquivar vómitos mientras tus seres queridos te tiran arroz). Descubrimos que no es tan buena idea aventurarse a la Freemont St. Experience —donde Belcebú arrancó con su primera sucursal— tipo 2 a. m. a sacar fotitos a las luces. Esbirros espeluznantes merodean la calle abovedada.

Una de las mejores cosas que ofrece Las Vegas escapa a todos sus deambulantes desesperados por otra moneda de plata para jugar, de todos los shows que vienen a copiar las vedettes argentinas y de todas esas promesas de fiesta nocturna inolvidable enarboladas en tantas películas.

Si uno mira al horizonte a lo lince, a lo aguilucho con binoculares, puede ver un lugar donde desaparece el mundo en un abismo de carcajadas diabólicas. Uno tiene que esforzarse, porque seamos francos, no es felino de visión aguda ni galopante ave de palaciegos celestiales. Uno es un pobre tipo que se está cagando de calor y le arden los ojos porque está en las puertas de un patíbulo sin salida.

Mira igual, fijo, la música circense de fondo. La mueca del capitalismo asqueroso se desvanece a 450 kilómetros.

“¿Qué mirás? ¿Tengo monos en la cara?”, dice el Gran Cañón.

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3 comentarios

  1. Brillante, muy gráfico! Acá hace un frío bárbaro, pero la verdad es que por un ratito me transporté a las mismísimas puertas del averno. Fear and loathing se convierte en Heat and vomit… =P

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