Hermanos Unidos de América: Los Ángeles

Así que el comienzo de la tercera etapa de este viaje tiene un aliciente más que particular.

Como loco malo me las había venido rebuscando para patear solo las terminales de varias ciudades centroamericanas, escondido bajo ese sombrero turista por excelencia al que tanto también le agradece mi cuero cabelludo, visible por la guitarra con calcomanías que inventan conversaciones con guardias afines a la música de cuerdas.

Pero atrás quedaron los supuestos peligros del tercer mundo sin compañías y los carteles del narcotráfico que me dejaron volar de sus regiones todavía con mis dos riñones. Y adelante vinieron unas dos semanas donde la traslación estacionaria es algo así como de a dos, del mismo apellido.

Los dados cayeron sobre el grande del tablero: Eh.Eh. Uh. Uh. Inciso Costa Oeste, subinciso Los Ángeles.

Lindo para jugarse un partidito de Hockey en el estacionamiento.
Lindo para jugarse un partidito de Hockey en el estacionamiento.

Los primeros días solo, esperando por la llegada de mi hermana, agradecí mi decisión infortuita por alojarnos en Santa Mónica. A un par de cuadras del mar y de la 3rd Promenade (peatonal popularmente turística y despojada de seres indeseables), la pegué con uno de los mejores hosteles que estuve en cuanto a infraestructura en mi historia de viajes; justo lo que necesitaba para cerrar un par de trabajos y comenzar las vacaciones con la casilla en blanco.

Con timing y un poco de suerte, el martes en cuestión estaba listo con cartelito en mano en el LAX, para un reencuentro de película (que podría estar protagonizado por, hmm, ¿Tom Hanks y Sandra Bullock hace un par de décadas?) medidamente emotivo.

Santa Mónica

Cuesta un poco darse cuenta de que ni David Hasselhoff ni Pamela Anderson van a aparecer corriendo a salvarte si llegás a ahogarte en las aguas de esta parte del Pacífico. Las altas palmeras y el césped milimétricamente cortado junto a los senderos también recuerdan a un par de series más de los 90.

Tarareando entonces la música de las antedichas, caminamos por la costanera admirando los diferentes vehículos que trasladan a los citadinos y concluimos que probablemente este no sea el barrio donde viven los mismos latinos que se encargan de la limpieza y la cocina en los restaurantes paquetes de sus anchas avenidas.

Santa Mónica no te azota con calor porque la brisa del mar de alguna manera se las arregla para llegar hasta la peatonal principal; conviven allí tiendas elegantes fuera de nuestro alcance y artistas callejeros de muy buen nivel: ¿se habrán quedado a mitad de camino porque se quedaron sin una moneda para el cole a Hollywood?

Venice Beach

De a poco se deja de escuchar la trompeta jazzera y unas notas de lo que convenientemente parecía ser “Summertime”. Las paredes se cubren de graffitis y los pisos de skaters y ciclistas. Paralela a la playa se extiende la calle de los fenómenos, la ácida lengua que nos animamos a vislumbrar de Venice Beach sobre un atardecer.

Lo que era una heladería se convierte en una casa de tarot chino, lo que era una regalería en una perversa tienda de tatuajes. Hombres vestidos de verde ofrecen prescripciones de marihuana a viva voz.  Es un viaje alucinógeno y metanfetamínico al que claramente no habíamos sido invitados. Por lo que llegamos hasta la puertita y nos empezamos a pegar la vuelta antes de que anocheciera por completo.

Hollywood y Beverly Hills

Saltando de estrella a estrella en el suelo del Paseo de la Fama, recorrimos el boulevar por nuestra cuenta, evitando las hordas de turistas asiáticos y tratando de no ser abrasados por un sol que amenazaba con partir la tierra al medio.

Hollywood al desnudo.

A falta de auto propio, tuvimos que conformarnos con ver el famoso cartel del barrio a lo lejos y con solo poder caminar por Rodeo Drive una hora, ya que cualquier trayecto en colectivo en Los Ángeles te lleva al menos una hora, y el tiempo apremiaba.

Los parques

Como fresas de postres, para mí y para la cumpleañera, titánicamente pudimos apersonarnos tanto como en Universal Studios como en Disneyland en días consecutivos. Lo de titánico viene a que la tarea de trasladarse desde Santa Mónica a estos lugares en colectivo es monumental y no apto para turistas cardíacos. Muchas conexiones, muchas horas, muchas caripelas. Pero triunfamos.

Y así como ahora sentimos el gran contraste entre el calor asfixiante del desierto en Las Vegas y sus grandes casinos con aire acondicionado, al dejar Los Ángeles escapando de una terminal de colectivos peligrosamente ubicada, me impacta cuán cercanas conviven tantas realidades en una misma gran ciudad

La ciudad de las estrellas, de los John Travoltas con gel y maquillaje; la ciudad de los parques más felices del mundo; y detrás, la ciudad que esconde todo lo oscuro y lamentable; esa ciudad llena de todo lo que tiene existir para que las primeras dos puedan estar.

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6 comentarios

  1. Me adhiero al comentario de Adrian. Muy bueno, Nico, espero que la sigan pasando de diez en Las Vegas, nada de fear and loathing, eh? 🙂

  2. […] Ya había recorrido los tablones del famoso muelle de Santa Mónica, en Los Ángeles, hace poco menos de un año; solo, y luego con la inestimable compañía de mi hermana, en aquel entonces con aún 29 Colectividades en su haber. No por eso, estando tan cerca, iba a dejar de repetir la caminata turística casi obligada que lleva al punto final de la ruta 66, justo chocando con el Pacífico. […]

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