10 cosas que extrañaré del Caribe

10. La comida
Sobre el borde norte de Centroamérica hay que reconocer que los platos son mejores que, al menos, un poco más abajo. Los mexicanos tienen talento para darle sabor hasta a una chancleta. Cómase una quesadilla, un burrito, una fajita. Póngale pollo, tinga de cerdo, carne. El queso ya viene incluido. Pero tenga cuidado y pruebe con la puntita de la lengua cualquier salsa; y más precaución si es de un color verde radioactivo: probablemente se trate del mortalmente picoso chile “habanero”.

En Honduras, no le tenga miedo a las “baleadas”. Estos muchachos hacen más o menos la misma cosa que los bigotudos de más arriba pero son menos aguerridos con el picante y otros condimentos. Si está cerca de la costa, aventúrese con una barracuda a la parrilla, un atuncito con salsa de ajo y limón o por qué no una buena pasta con camarones al pesto.

Como regla casi general, los mejores lugares para comer tienen apostada a una vieja en la cercanía, que dirige desde su silla a los empleados como una emperadora culinaria.

9. La temperatura
Soy medio gata flora, porque sí, también me quejo del humeante calor y de la agobiante humedad (algo que aprendí a hacer en Rosario en muchos ascensores) y estando acá me pregunto si no sería lindo tener frío como para meterme bajo alguna frazada vieja. Pero sí, extrañaré el calor del Caribe. ¿Por qué? Porque acá la pensaron bien y le metieron un tremendo mar al lado, como para callarte la boca cuando te estás quejando mucho. Y porque puedo (debo) andar de cuerpito gentil todo el día. ¿Quién no añoraría ir a comprar la leche en cuero? ¡Vamos!

8. Las playas
Aguanté todo lo que pude, pero la lista se iba a poner obvia rápidamente. La riviera maya lo tiene todo en cuanto a materia de playas: arenas blancas, palmeras, no palmeras, lo que quieras. Si te asentás estratégicamente es difícil aburrirse de la variedad que tenés. Y si te asentás estratégicamente a 3 cuadras de una playa es difícil no dejar de trabajar cada más o menos 1 hora y media para ir a darte un chapuzón, enarenarte y volver corriendo contento cantando alguna de Luis Miguel (esto NUNCA sucedió).

Y cuando creí que lo había visto todo aterricé en el cayito de Cuba. Tenés que tener cuidado en la playa ahí, porque si te descuidás salís en alguna postal. De lo mejorcito que vi combinación arena-agua-sombrilla-reposera.

7. Los muelles
Fueron difíciles esos 20 días que el viento me empujó más hacia el continente y estuve alejado del aire salado, del sol marino que escarpa mis hombros. Oh, pero volví. Solo que esta vez me encontré con un mar sin arenas; una costa con pastizales profundos.

Ninja Style.

Así que el hombre, seguramente varios siglos atrás, tuvo que ser creativo e inventar algún tipo de edificación que le permitiera llegar más fácilmente al agua cuando, por ejemplo, siente el llamado de la naturaleza.

Y mientras veo a los niños utileños (guau, dos “ñ” seguidas) jugar a la popa en el agua entre los dos muelles, saltar y hacer piruetas que nunca podré replicar y correr hacia el agua como si el mismísimo diablo fuera tras ellos, desearía haber tenido una infancia así. Igual tampoco está nada mal disfrutar de los muelles ahora, eh.

6. Los cenotes
Bueno, ya los extraño hace más de 2 meses, porque acá en Honduras Poseidón no fabricó ninguno. Los hizo todos cerca de los mayas, para que sacrificaran a su gente de manera más práctica.

Puedo haber ya hablado de esto, pero el agua en los cenotes mexicanos es la mejor agua en la que nadé. La temperatura es fantástica; la visibilidad magistral. Te rodea casi siempre una exuberante vegetación y sus profundidades te dejan explorarlos a gusto y placer. Visitar la península de Yucatán y no ir a un cenote es como… bueno, no sé cómo es, pero es estúpido no hacerlo.

5. Las hamacas paraguayas
Es mentirse eso de comprarse la hamaca cuando estás de vacaciones. En un 87% de los casos, esa hamaca queda guardada, porque no tenés dos árboles donde colgarla, porque no tenés paisajes que admirar desde el letargo que te trae su hipnótico pendular. Por eso las voy a extrañar; porque por más que me compre 12 hamacas, ninguna va incluir ese vientito que se filtra por sus hebras a la tardecita, ninguna va a pintarme los paisajes que me esperan por encima de la hoja del libro que siempre termina despatarrado a un costado, en el suelo, cuando me vence el sueño y la hamaca me abraza por unos minutos para llevarme al anterior, pero profundo.

4. Los atardeceres
Cursi. Sí.
Arriba, el sol en su máximo esplendor; ningún rascacielo lo estorba, ningún smog lo nubla. Es el que se la banca sin fierro en la zona, sin contrincantes a su altura.

¿Cuál es cuál?

Abajo, inmensa, interminable, ahogante en su infinidad, el agua del mar. Sumisa; se deja aplastar poco a poco por el astro, en lo que ordinariamente hemos llamado “ocaso”.

Y ese momento del día me encuentra sentado en algún rincón, contemplando lo que para mí son los 30, 45 minutos más disfrutables del día en este lugar del mundo.

3. El mar
No hay demasiado que especificar. Por mucho que me gusten otros lugares, será difícil superar la posibilidad de simplemente bañarse en uno de los mejores mares todos los días, durante 6 meses.

2. Los peces y otras criaturas submarinas
Con esto de usar un ecosistema marino integral como Pelopincho uno tiene que compartir. Extrañaré nadar todas las mañanas con peces trompeta, sardinas, barracudas (aunque a ustedes no tanto), águilas rayas y tantos otros cardúmenes.

Pez Ángel o “Angelito Di María”: negrito, bocón y movedizo.

No quedar fascinado por todo lo que ocurre bajo el agua cuando uno presta realmente atención es tan difícil como sacar la cabeza de esta y regresar a la vida normal en tierra firme. Peces et al, volveré por más.

1. La gente
Más allá de los amigos que pude recolectar en mi paso por las dos ciudades en las que viví, Playa del Carmen y Utila, al dejar el Caribe tengo casi la total certeza de que la gente que conozca de ahora en más tendrá un diferente tinte. Aquellos que deciden instalarse un tiempo mayor a la vacación típica en esta zona poseen una personalidad especial, acorde al ritmo del lugar. Nadie está más apurado de lo necesario y todo sucede al ritmo de una gran y extensa canción de reggae. Lejos están las oficinas, los horarios, los zapatos lustrados.

En su lugar, uno recuerda al otro por el color de sus anteojos de sol o el bronceado sobre un tatuaje claramente perturbador.

“Son el futuro”, dicen. Espero que no se convierta en dealer como el resto de los locales acá.

Y a pesar de que yo sí cargué con mi oficina por acá, tratando de mantener cierta regularidad de horarios y responsabilidades, casi siempre me costó decir que no a una cerveza más.

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10 comentarios

  1. Veo que te llevás un pedacito Caribe e, inevitablemente, dejás un pedacito tuyo ahí. Como debe ser. Lo mejor para lo que se viene, Nico! 🙂

  2. Buenísimo, nico!~Por momentos me transporté a las experiencias que relatás como si hubiese participado, cosa que no me resulta para nada difícil. Un abrazo grande y gracias de nuevo por compartir!

  3. Los videos estuvieron espectaculares y tus relatos son brillantes. A tu padre se le piantaron las lagrimas de emoción. Un beso grande y que disfrutes EEUU!!!!! Julieta

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