La noche sumergida

La mirada perdida en el espumar que traza tras de sí el barco se enrarece por el humo negro del motor; aun es lo más oscuro de toda la escena que me aleja de la bahía y mar adentro. Su zumbido al propulsarse, el viento, la capa de agua bajo mis pies desnudos ansiosos y la risa inocente de un par de niponas modelan una exquisita concordancia que parece casi intencional, como diseñada detalladamente por un ser divino que se esfuerza por que crean en él.

Como pincelazo de grandeza, socarronamente se me ríe un sol, despidiéndose como solo él puede hacerlo en estas latitudes. Y sus hijos los pelícanos, majestuosas sus plumas color azabache, lo atraviesan en el horizonte mientras sus descensos al agua buscan saborear algún pez desprevenido cabeceando la superficie de su espejo favorito.

A punto de atacar.

Me le sonrío en respuesta. No puedo verme por la borda en el reflejo del mar abierto, su profundidad trae tonos más graves. Los dos sabemos  el por qué de nuestra complicidad.

Un martes 13, hace cuatro meses, casi me quedo durmiendo con los peces sin que ninguna mafia tomara partido. Hoy me toca verlos dormir a ellos.

No hubiera podido planear mejor esta ironía.

Es mi baile de graduación y el tema es “Encanto bajo el agua”.

El agua y la oscuridad

Cuando se va la luz, se va la luz en todos lados. No hay alumbrado público en el coral mesoamericano, al menos todavía no ha habido intenciones de inversores ni demasiado interés por este emprendimiento. Así que no se ve nada. Claro, poco sería el margen comercial de las asociaciones de buceo si el procedimiento fuera mandar a 10 tipos a que se tiren al agua, así como están, a ver qué onda. Los gritos de los que se pierden serían acallados por las olas rápidamente y la popularidad de estas aventuras subacuáticas vespertinas decaería, más que nada por el alto porcentaje de fatalidades y gente desaparecida.

Entonces te dan una linterna, como para que por lo menos veas por dónde estás desorientado.

Uno no se lo pone a pensar a demasiado, pero eso de confiar en objetos cuando el bienestar propio está en juego es jodido. Cuando buceás, dependés de que el regulador, el tubo por el que respirás, funcione, de que el tanque tenga aire bueno, y de que el manómetro te indique bien la presión.

Esta vez mi confianza estuvo mucho más depositada en el haz de luz que me permitiría seguir el rastro del resto del grupo. No era mi interés pasear solo.

Cuando tantas cosas pueden fallar, la cabeza no se decide por cuál de todas entrar en pánico. Así que antes de que dés cuenta se rinde y entra en modo de calma.

En el improbable caso de una emergencia, siga las burbujas.

El mar arrullado

No noté la bajada hasta casi 20 metros porque me rodeaba una inmensa negrura salpicada por inquietos haces de luz artificial, maniobrados por el resto del grupo.

Contra todo pronóstico penumbroso, parece que casi todos los habitantes marinos dignos de susto duermen después del ocaso. La tranquilidad típica de un entorno en el que el sonido viaja cuatro veces más rápido se acrecenta, porque parece que los que salen a hacer negocios en la noche son los más chiquititos. Los que a primera vista no están ahí, los que asoman la cabeza solamente lo necesario para no perderla, los que se reúnen en callejones, o en lo que equivalente a callejones en un coral.

Mi franja iluminada, cual farol de policía en busca de actividades sospechosas, se cruza con camarones perdidos; un pez puercoespín transita más abajo junto a unas esponjas; un grupo de peces trompetas se alinea en fila a la par de unas plantas. Parecen estar esperando un colectivo. Ilusos, ignoran que la frecuencia nocturna del transporte público es irrisoriamente baja. Eso es universal.

No pierdo de vista al grupo como tampoco lo hago durante los buceos diurnos; es más fácil no distraerse bajo el agua de noche porque la visibilidad la dicta uno con su linterna.

No hay convictos ni maleantes a la vista, parece ser otra noche tranquila en ciudad acuática. Los pocos seres que pululan los senderos no quieren problemas; cada uno inmerso en sus propios asuntos. El crimen aquí tampoco paga.

La ausencia de los “peces gordos” de la noche no me decepciona. Hubiera sido interesante vérmelas cara a cara con un pulpo y sus tentáculos, o interrogar brevemente y a la distancia a algunos de los tiburones sospechados de hacerse agua la boca (¿es esto posible?) por la carne humana, pero la velada fue maravillosa incluso sin ellos.

La patrulla ha terminado.

De regreso a la madre Tierra

Sobre el final de los 45 minutos de inmersión no pude evitar aferrarme a lo que creo que era una japonesa (comentario que en otro contexto podría ser mal interpretado).  El instructor a cargo del grupo decidió teletransportarnos al verdadero planeta submarino nocturno. A uno por uno ordenó apoyar las luces contra el pecho y bajar el telón para contemplar la verdadera penumbra.

En ese minuto sin linternas, las bioluminiscencias dieron la cara finalmente y bailaron la última canción de este encanto. Fue un espectáculo que me cuesta asociar con lo que nos esperaba de regreso a tierra firme.

El mar esconde más de lo que revela y, por más miedo que uno tenga, es bastante posible que nos muestre su verdadera magia solo cuando hayamos apagado todas las luces del boliche.

Cualquier cosa agarrate de una japonesa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s