Mi verdadera pesadilla

Hace unas semanas, hablando sobre la importancia que tienen los libros en este trotar por fronteras y límites geográficos (¿por qué no pongo “viaje” y punto y me dejo de joder con los firuletes? Porque no quiero.), mentí.

Hablé sobre los sueños obscuros que acechan mi cabeza algunas noches, pero omití quizá el más importante y recurrente, y en realidad el único que puedo recordar vívidamente las mañanas posteriores.

Sin mayores variaciones, la pesadilla consiste en una creciente sensación de que mi habitación ha sido franqueada por seres indeseables. Trátese de un intruso, de alguien a quien dejé entrar y nunca se fue o de alguna especie de entidad que ahoga la atmósfera del lugar con todo su ser. Tengo aún los ojos cerrados, pero puedo sentir esa presencia que gradualmente recubre entre las sombras los pocos vestigios de luz artificial que se filtran.

Semidespierto, cuasidormido o seudolevantado, como en mis mejores épocas de sonambulismo, mis pensamientos cobran conciencia, pero teñidos con la más asfixiante y patente paranoia de que no estoy solo. Pero esto no es todo; quien sea que me acompaña, no está allí con los fines ambiguos de un interno escapado de un asilo mental, ni siguiendo las tramas trilladas de cientos de películas de terror portando una máscara de jugador de Hockey y una sierra a gasolina.

Su objetivo es definido y por eso más escalofriante.

Y sin que yo pueda hacer nada para detenerlo, percíbolo cernir sus garras inexorables y sin duda más veloces que cualquiera de mis reacciones posibles sobre mi bien más preciado: mi computadora.

Es ahí cuando me despierto, sobresaltado —pues dudo que haya alguna otra manera de despertarse después de este tipo de sueños— y trato de enfocar la vista en mi entrañable compañera de viaje. Es solo en el momento que verifico que todo fue un sueño, que ella aún está ahí —reposando merecidamente junto a mi respaldar después de haberme acompañado en la ardua jornada previa— que puedo regresar la cabeza a la almohada para intentar abandonar la vigilia. En general, lo logro y la mañana llega conmigo ajeno al tiempo.

De chico temía a monstruos en placares, viejos de la bolsa y siluetas tras la cortina de la bañera. De adolescente a ridículos, fracasos y ánimas en el medio del campo.

Hoy le tengo miedo al señor que entra y se me lleva la compu.

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5 comentarios

  1. Me pasa algo parecido con la ropa, más especificamente con las remeras… Igual nunca estuve tan angustiado como cuando mandé mi compu por encomienda a 1.500 km. Ese es un acto de fe!

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