10 cosas que extraño de Rosario

“¿Qué extrañás?”

Me preguntó una vieja mientras barría de su vereda a un cangrejo gigante que se le iba de puños (¿pinzas?) al gato de la antedicha. Sin sorprenderme, porque en realidad esa situación nunca ocurrió y el planteo me lo hace gente conocida a través de medios virtuales y a la que sería gracioso imaginar barriendo a un cangrejo, tomé abruptamente al gato y salí corriendo en dirección opuesta al grito de ¡Qué te importa, me llevo tu gato!.

A fines prácticos, demos por descontado que sí, soy humano y tengo sentimientos. Por lo que no voy a enumerar a todos los afectos que tengo en falta desde que decidí inútilmente empacar todos mis pares de medias.

Creo que será más curioso ponerme a pensar en artículos, lugares y porqué no, situaciones, que se quedaron en mi ciudad y que sé tendré lejos hasta mi regreso.

Estas son las 10 cosas que más extraño de Rosario, a la distancia:

10. Mi departamento

Empecemos por lo más obvio, ¿no? Es verdad que con un poco de esfuerzo, casi cualquier lugar puede convertirse en una nueva casa en la que uno se sienta a gusto. Y ese esfuerzo lo hice en los dos lugares. Pero, nunca es del todo tu casa si sabés exactamente todas las cosas que hay en ella. Necesitás mucho más tiempo para acumular porquería que no sirve, ni usás, pero que está ahí.

Si, por ejemplo, hoy, el alcalde de la isla diera un comunicado informando que un gorila mutante gigante está por atacar a la población y hay que evacuar, yo podría empacar en 15 minutos todo y ser de los primeros en la fila. Incluso con tiempo para pasar a comprar algo para picar mientras espero. Sin dejar nada atrás.

La Pritty limón.

No es tu casa todavía si sabés todo lo que contiene.

9. Mi silla de trabajo

Mientras escribo esto, mi columna vertebral dibuja garabatos infantiles y se retuerce como sardina fuera del agua. Todos estos meses sin una silla como la gente me han jugado una mala pasada y añoro sentarme recto, y tener rueditas para moverme de un lado a otro. ¿Debería haberla desarmado para meterla en el bolso?

8. Mi cafetera

Seré feliz (aunque probablemente corra riesgos de quemaduras) cuando abrace mi cafetera espresso al son de sus bares de presión creando de nuevo la maravilla matutina de un café imperfecto, pero hogareño. Sí, he probado variedades muy interesantes, mirando caras desconocidas, desde detrás de libros que no hubiera leído en un balcón muy ruidoso (extractor de La Estancia, no entrarías en esta lista ni aunque fueran 600 cosas), pero no hay nada como hacerte tu propio café, pintarlo con tu propia espuma, endulzarlo con tu propia azúcar.

7. Mi bicicleta

Debo reconocer que no siempre fui un ávido ciclista y pasaron muchos años en los que no escuché la palabra “gomín”. Sin embargo, sobre finales de la primavera pasada se alinearon los rayos y los planetas y me compré un bonito rodado. Que tiene un valor especial porque coincidimos casi al unísono con la misma compra con dos amigos (evento similar a aquella vez en la que éramos como 5 nerds leyendo el mismo libro [no el mismo, mismo, diferentes ejemplares para facilitar la practicidad]).

6. El fútbol 5

No es que acá no se pueda reunir un grupo de 10 tipos sin el mínimo estado físico, la mayoría de ellos incluso privados de vestimenta adecuada para cualquier tipo de deporte, y con menos gracia anatómica que un manatí bailando salsa con Ricardo Fort. Lo que pasa es que no creo que se pueda reunir un grupo de 4 tipos en toda la isla que soportarían tenerme en su equipo. Por eso estoy seguro de que mis amigos estarán ansiosos a mi regreso de pasar lista y convocar nuevamente a los partidos semanales, sin importar temperaturas ni condiciones climáticas.

5. Los mensajes de texto

Este punto es solamente para notificar a los que tienen mi número —supongo que porque son lo suficientemente amigos, parientes o porque les debo la plata suficiente—, que mi línea funciona y que me encantaría recibir mensajes por celular. Parece absurdo, pero extraño el tono de recepción de mensaje de texto, la incertidumbre de no conocer su remitente y la desazón posterior al darme cuenta de que es el 813 de Personal. Prometo que si recibo al menos 10 mensajes en el transcurso de un día, me someteré a la actividad ridícula más original propuesta por alguno de las almas bondadosas que hagan de nuevo sonar mi Nokia.

Y a Novaresio también.

4. El barrio

Está bien, la zona centro no es precisamente un “barrio”, pero añoro (un poco) nuevamente esquivar taxis imprudentes, gente apurada, kiosqueros chismosos, malabaristas y tipos disfrazados de Kiko (metí dos palabras con “k” en una misma oración, así como así).

3. La comida casera

Antes de que se abalancen: no. Las contadas veces que me digno a tirar algo a una sartén o a calentar algo en agua, no cuentan como comida casera. Me refiero a esos deliciosos y listos-cuando-uno-se-sienta a la mesa platos. Elaborados por progenitores cuidadosos y no por manos desconocidas y sospechosas.

2. El español

“¡Pero si estás en Honduras!” Chito. Estoy en Honduras. En una isla donde tres tercios no hablan español y al otro tercio no le gusta. Se puede, pero tenés que sacarles las palabras con anzuelo un poco más. Y esto me lleva a…

1. La palabra hablada

No soy un ermitaño. Al menos no de manera permanente. Lo que pasa es que hace unas semanas se disolvió el último grupo que había formado y me quedé más solo que Tinelli en el día del libro. Sumado a esto, el trabajo llueve y estoy bajo techo. Entonces extraño que la gente hable con la voz y yo responda con la boca.

Aquellos que vivieron en Rosario y otras tierras hoy los alojan: ¿qué extrañan?

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