Viajar leyendo, leer viajando

Cuando era chico, uno de mis sueños más recurrentes –y quizá de los menos originales– consistía en encontrarme en cualquier tipo de lugar público, rodeado de gente, y darme cuenta de que me había olvidado de celebrar una de las convenciones sociales más importantes: vestirme.

Hoy, a miles de kilómetros de esos sueños y probablemente a pocos de playas nudistas, he perdido la capacidad regular de recordar los trazos de mi subconsciente nocturno. Pero si pudiera revivir las pesadillas que debo atravesar noche a noche después de intentar pegar el ojo cuando el ventilador en modo giratorio único está en la posición que el aire me da, seguramente serían algo así:

Caen las 17:45 en esta nueva ciudad que visitas. Como en casi todas las otras anteriores, comienza a ser ese momento increíble en el que se aúnan el cansancio de haber recorrido calles interminables y la visión del banco perfecto en el que matarlo. Difusamente (ya que si no no sería un sueño) notas que se trata de una plaza atenuada por árboles no tan descomunales y las palomas no parecen molestar tanto como lo haría el sonido ambiente si te pusieras a prestarle atención. Sentado ya, abres la mochila de telas raídas pero aún resistente. Tu mano se aventura entre migajas de diversos orígenes arqueológicos, estuches vacíos, volantes ilusorios arrugados y monedas que ya no te sirven.

El tiempo es relativo hasta en los sueños. Pero no tanto. Ya deberías haberlo encontrado. Mientras tanto te alimentas con los antedichos restos y te sorprendes al saborear dulce donde esperabas salado y viceversa, y los dos, pero lo último no te gusta tanto. Escupes una pelusa. Recuerdas un poema de Poe que hablaba sobre un sueño dentro de un sueño y te preguntas qué sería soñar con ese poema.

Regresas a la tarea con esa sensación que tenés cuando te das cuenta de que te empezás a mentir a vos mismo para no desesperar. Es una mochila. No una galera de mago.

Pero la puta madre. No hay nada… más.

NO TENÉS NADA PARA LEER.

Compañeros de viajes

No estoy tan seguro de que viajar solo sería tan placentero si de repente alguien me dijera que tengo que hacerlo desnudo de libros. Por supuesto, la mirada la mantengo levantada durante casi tres tercios del viaje: para cruzar las calles, mirar estatuas de próceres y hacer contacto visual con los amigos del momento. Pero ese descanso en el rectángulo verde del mapa que resultó ser una plaza abandonada siempre se disfruta más con un buen libro.

Y estos son los que me vienen acompañando:

El área 18 (Fontanarrosa)

Como sabiendo que quizá al principio no me iba a querer despegar tan rápido de Rosario, en nuestra décimo octava despedida un gran amigo me regaló esta novela de Fontanarrosa.

En las primeras semanas difíciles de Playa del Carmen este libro me supo arrancar un par de carcajadas, mezclando la magia narrativa típica y ocurrencias futbolísticas divertidas. Muy recomendable si uno planea visitar países donde no pueden distinguir una pelota de fútbol de una olla Essen.

Game of Thrones: A Storm of Swords (George R.R. Martin)

Los siguientes tres meses de lectura se verían devorados por la tercera entrega de una saga a la que me había resistido un tiempito. Creo que hice bastante bien en no resistirme más que lo necesario. Personajes bien desarrollados, una historia que no se pierde tanto en detalles y descripciones sino que te escupe eventos sorpresivos y giros inesperados. Si te bancás libros largos (y leer los dos anteriores, claro está), está bueno para llevártelo a la playa y tirarte a leerlo debajo de sombrillas ajenas (menos en Mar del Tuyú, donde fue prohibido [la saga de libros, no tirarse a leer debajo de sombrillas ajenas. Que yo sepa.)

El tipito ahí atrás estaba haciendo yoga. What a loser.

About a Boy (Nick Hornby)

Necesitaba alejarme un poco de guerras épicas, baños de sangre y traiciones reales. Y necesitaba admitirme a mí mismo que los libros usados también son libros. Más cuando son la única alternativa. Recomendado por otro amigo, abordé esta breve novela ávidamente y con las patas en el lago de Atitlán. Muy entretenida y llevadera; aunque también está la película si sos un vago y no leés. Y te gusta verlo a Hugh Grant actuando.

Relatos de horror (H.P. Lovecraft)

Un giro un tanto extraño de lectura, si comparamos lo que venía leyendo, pero bienvenido sea. Este tipo escribe raro y un poco complicado. Pero después de leer un par de páginas entiendo porqué a los muchachos de Infogrames se les ocurrió basarse en su obra para hacer Alone in the Dark. Cómo me cagaba de miedo con ese juego. Si están en Antigua, Guatemala, no salgan de noche con este libro porque es para quilombos.

Norwegian Wood (Haruki Murakami)

Qué bueno que este libro me encontró en una isla del Caribe. Acá escasean las Gilletes y las pastillas. Por suerte la canción de los Beatles que da nombre a esta novela no es tan triste como esta historia. Lo admito, el ponja escribe muy bien y encima me cae bien porque es traductor. Pero, loco, media pila: ¿querés que nos suicidemos todos?

Witches Abroad (Terry Pratchett)

Y por suerte tenía este libro a mano para arrancar al toque y meterle un poco de humor a la cuestión. Si bien lamento que Douglas Adams ya no esté para seguir escribiendo y deleitándonos, Pratchett juega un buen papel en divertir con metáforas inesperadas y escenarios exhilarantes. Magia, brujas y mucho absurdo.

No me alcanza con trasladarme geográficamente; hay veces que necesito empantanarme con alguna fantasía que me haga olvidar de las chinches de los hostales, de las repetitivas charlas de viajero y de ese polaco que me mira amenazadoramente desde la esquina de la habitación. Necesito un viaje dentro de otro viaje.

Estoy seguro de que Poe sería de Rosario Central si estuviera vivo.


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