Envase retornable

Querido Jorge:

Mientras te escribo mis ojos espejados pelean por concentrarse en el ajado papel y en el motivo de esta misiva, pero es difícil no levantar la mirada. Es que el cielo que me aboveda en esta bahía desde la que te escribo es, cómo decirlo, agobiantemente deslumbrante. Entre las grietas de las nubes se filtra la luz, un fulgor de sol que rejuvenece hasta al cangrejo más vencido, porque ya a estas horas no es ese sol dañino que te oprime con su calor maldito, sino su contraparte de atardecer que no agrede, que saluda, que rebota sus destellos mansamente contra el espejo del mar ya tranquilo, y platina los contornos a su alrededor.

Bañadas en el anteriormente mencionado esplendor, hasta las figuras más grotescas se tornan armoniosas durante este par de minutos en el que mi bolígrafo permanece en mi boca y me desfaso, dejando que mis pensamientos confluyan con los minúsculos sonidos en la lejanía del pueblo isleño. A mi lado descansa el libro de turno, cuya lectura decidí interrumpir por un momento: no necesito irme hacia otros mundos ahora mismo.

Hace muchos meses ya, vi un documental en el que un tipo hablaba con fervor sobre su amor por las nubes. Su origen, sus colores, sus formas, de dónde vienen, hacia dónde van. Increíblemente se puede hablar más de lo que toma el recorrido de un ascensor acerca de las nubes. En ese momento me reí de él.

Hoy también me río de él, pero creo que lo entiendo un poco más.

Suspiro y me doy cuenta de que también me cuesta bastante no ahogarte con descripciones y desvaríos que quizá no te interesen tanto, y me alejo del motivo de esta comunicación.

Quiero que sepas que estoy bien. He regresado al Caribe como lo prometí y me encuentro en una isla llamada Utila, en Honduras. Meses atrás había intentado explicar qué me había traído originalmente a esta región y no está demás reafirmar aquella justificación, aunque vos y yo sepamos que no fue la única. En esta oportunidad tengo un agua maravillosa y aún más cerca que en México. Me bastan 53 pasos (acabo de contarlos) para llegar al borde de un pequeño muelle, y solo uno más para darme un chapuzón refrescante en el mar calmo.

El agua es transparente y tiene la temperatura perfecta; en algunos de mis refrescos se me hace bastante difícil salir para retornar al trabajo. No es mi intención refregártelo, sino tan solo compartir este nuevo paisaje, desde el que algunos días puedo ver la tierra firme continental con las vastas montañas hondureñas en el horizonte húmedo.

Mi nueva casa.

Los días se pasan rápido y por deducción creo también lo hará el par de meses que me espera en la menor de las Islas de la Bahía. El ambiente del lugar me envuelve en una burbuja que, contradictoriamente, me aliena de los habitantes del lugar. Floto como un diminuto caballito de mar (bueno, quizás no tan diminuto) de amanecer a ocaso, de asignaciones de traducción, a breves nados que caprichosamente llamo ejercicios, a exquisitos platos de camarón local.

Esta vez, en este viaje que se fue moldeando a semejanza del desconcertante caminar de un pirata borracho, sí sé cuál será mi próximo destino. Pero no sé si de algo sirve decírtelo. No conozco tu paradero ni sé si esta carta llegará a tus manos.

Estimo, con cierta seguridad, que tu hogar no tiene cerca ni muelles ni embarcaderos desde donde puedas ver venir flotando esta botella que pienso despedir pronto. Aún así, parece que de mis viajes este juega el papel de una gran colección de postales y mensajes a la deriva que buscan llegar a lugares que no me esperan y no voy a luchar contra eso.

Desde una isla a otra.

Nico

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Nicolás:

No sé quién eres tú ni el fulano este Jorge. Y por mucho que me enjugaría las lágrimas después de leer tan emotiva correspondencia, padezco de una condición extraña y hace 28 años que no lloro, ni siquiera al ver esas horrendas fotos de perros maltratados que tan de moda está subir a portales sociales.

Sí te pediré encarecidamente que recurras a otros medios de comunicación, habiéndolos en abundancia. Ya demasiada porquería hay dando vuelta en el océano como para que ahora aparezcan un par de revolucionarios soñadores a andar tirando envases por ahí, con la esperanza de que justo el destinatario resulte encontrar su mensaje. Somos gente grande, eh.

Saludos cordiales.

Alberto

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14 comentarios

  1. No tires botellas y segui escribiendo asi!
    realmente no se quien es jorge pero es hermoso lo que contas. ahhhhhhhhh me encantan las nubes

  2. Divino, Nico! Me encantó… y personalmente me gustaría muchísimo encontrar una botella en el mar con un mensaje así en su interior! Besos!!! 😉

  3. Hola, Nico. Soy Fer, traductora, y te conocí por Gretel. Me encantó tu forma de decir… ¡qué envidia esa vida! Seguí deleitándonos 🙂

  4. […] Parece que mi Traslación Estacionaria en el 2012 fue llevar el eje de mis viajes para donde estuviera la brújula el día que me sentaba a escribir. Me veo insomne el día que escribí sobre pesadillas de robos de computadoras en Guatemala, no pensando en qué hostel convendría alojarse. Me empapo de agua salada intentando cruzar un par de océanos cuando releo el mensaje en la botella. […]

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