Por tierras chiapanecas y más abajo

Dejar partir

Sí. Como había calculado, se materializó esa idea de que cumplidos los 3 meses asentado en Playa del Carmen, me iba a empezar a picar de nuevo ese bichito loco que te hace salir de nuevo a la carretera, en busca de confirmar cuán poco hay que moverse de lugar para que no te conozca nadie. Y aunque me hubiera gustado dejar dormir a esa criatura un tiempo más y seguir disfrutando de la rutina playera, del transitar de los conocidos y de la llegada de gente muy entrañable, no me alcanzaron los motivos.

La nueva perla de Quintana Roo no terminó de convencerme. Algunas aristas de nuestros perfiles coinciden, pero no era lo que buscaba para un largo más plazo. Estrictamente, vivimos un filo en el que muchas veces ninguno escuchaba realmente al otro; y cada uno le sacó el jugo (o agua fresca) que quiso, o pudo, a la relación. Yo aproveché al máximo sus playas nucleares y aledañas, su amigable entorno y un salpicón de personalidades que tiñen la primera porción de este lienzo, hasta el momento, muy colorido.

Ella, espero que se haya quedado con una linda postal de mí, traduciendo sonriente, bronceado y enarenado.

Verde Chiapas

Entrelazados y repetidos comentarios de incansables viajeros me ayudaron a trazar lo que sería el inicio de la segunda etapa de este periplo (sinónimo de viaje que engrandece por sí solo, en mi caso, al mero hecho de ir a una estación de colectivos en el punto A, tomarse uno, dormir hasta llegar al punto B, bajarse, llegar a un alojamiento, pasear, ir a una estación de colectivos en el punto B, tomarse uno, dormir hasta llegar al punto C, ad infinitum). “A” y “B” en este caso serían Palenque y San Cristóbal de las Casas…

Si mis elecciones de viaje apuntaran a generar un sinfín de aventuras para esta bitácora y para la diversión de los lectores, hubiera hecho el primer tramo de viaje hacia Palenque como la mayoría de las hormiguitas viajeras en Norte y Centroamérica. En los guajolateros, chicken buses o ‘lecheros’. Pero en lugar de arremangarme y viajar con la plebe, probablemente apretado, con calor (o frío) e incómodo, escogí la alternativa más costosa.

Lindo color. Maso.

Recostado confortablemente en un asiento ancho con enchufe, a pocos metros de una pantalla LCD de 15’ en la que increíblemente pasaban películas interesantes, traté de imaginar un nuevo destino del que sabía muy poco, para variar. Las 12 horas de viaje no me alcanzaron para visualizar la abundancia de verde y selva profunda que me recibió en el pueblo de Palenque.

Siguiendo recomendaciones, me alojé en una pequeña habitación-cabaña cerca de la zona arqueológica, rodeado de algo que, si bien no era selva selva, se asemejaba bastante.

Y en los dos días que estuve en la zona, me dejé avasallar por un imponente conjunto de ruinas mayas, no solo por las propias construcciones de los templos y tumbas, sino más bien por la exhuberancia de la jungla que las envolvía y las enaltecía. Creí oir monos aulladores tras la negrura verde y batir de alas del gran quetzal. El siseo de infinitas serpientes acechando a pasos de mis pasos; el cantar de los muertos y olvidados dioses Mayas de la región.

Al final era solo un sapo ordinario frente a mi puerta.

Para sobrellevar tamaña decepción la única solución fue seguir viaje.

Subjetivo frío

Así como mis pies otrora se habían desacostumbrado a vestirse con más que baratas ojotas, mi cuerpo no vio otra alternativa que apechugarse entre el poco abrigo que tengo al llegar a San Cristóbal de las Casas. El pintoresco pueblo, colonial por antonomasia, está a más de 2000 metros de altura; eso explicó el frescor con que me recibió la noche del lugar.

Acá se les dice “andador” en lugar de “peatonal”.

Luego de hacer las paces con las frazadas, vendrían un par de días de relajación, poco trabajo y mucho aire de montaña para recuperar energías. Los primeros se sucedieron con la exquisita secuencia de caminar la ciudad, parar a disfrutar un café regional y un libro internacional, retomar la caminata, subir a uno de los dos miradores, bajarlo, quizá disfrutar de otro café, regresar al hostel y notar que el día ya se había solapado.

Realmente es un deleite esto de degustar cada sitio a mi propio ritmo caprichoso, casi aturístico. Haciendo vista gorda a museos, desdeñando excursiones promocionadas, ignorando comunidades zapatistas que nunca me interesaron. No podría hacerlo viajando con compañía; probablemente todos muchos más ávidos e investigadores de cada lugar que quien les escribe. Pero, tampoco soy tan boludón como para no saber reconocer puntos de real interés.

Ergo, en el tercer día activé un poco más el modo turismo de manual y me adentré en el Cañón del Sumidero.

Podría decir que la inmensidad del cañón chiapaneco me fascinó y me tuvo cantando en la cabeza la melodía de la banda sonora Jurassic Park durante todo el trayecto en lancha por la semejanza del paisaje con el de la isla Nublar. O que los monos araña que nos saludaban desde las copas y los cocodrilos camuflados en las orillas me hicieron olvidar que la gran ciudad de Tuxtla está a solo un par de kilómetros. Pero no voy a hacerlo. Aunque en realidad es lo que acabo de hacer.

Na, na, na, na-na, na, na, na, naaa, na, na, na…

De topes a túmulos

Un par de días después, y en un abrir y cerrar de un par de ojos (los míos, al menos), México y su envidiable naturaleza han quedado atrás; o arriba, ya que después de varios cambios de camioneta, clima, moneda y una frontera, estoy en Guatemala.

No puedo quejarme de la comodidad con la que debería haber viajado en una camioneta para 15 personas, solo. Dispuse de mi equipaje en derredor; fue mi limusina fronteriza. Pero el que me conoce desde hace un tiempito sabe que mi estómago es tan frágil como el de muñeca de trapo bajo una lluvia torrencial. Y 11 horas de camino de montaña es como el ataque de un perro rabioso a la antedicha muñeca (Estas metáforas se me van un poco de las manos. El elemento de la rabia no sé si sumaba demasiado).

Por lo yo sí llegué a Panajachel, pero parte de mi desayuno quedó en la parte trasera de una estación de servicio en Chichicastenango. Supongo que era su lugar en el mundo y yo no iba a impedirle quedarse ahí.

¿Qué tienen en común los japoneses, los volcanes, un lago increíble y el pollo frito?

Puede que nada, pero su combinación con una exquisita conexión a Internet, un hotel pulcro y apacibles poblados hicieron que mi estadía en la primera parada, Panajachel, se viera extendida más de lo planeado.

O en realidad no habías planeado nada, pelmazo. Callate y vomitá.

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5 comentarios

  1. Cuando abro Google Reader y tu blog aparece en negrita y con un “(1)” a la derecha del nombre, automáticamente pasa al primer lugar de los feeds que voy a leer en ese momento. Y posts como este son la razón.

    Estás en una aventura envidiable, amigo. Gracias por compartirla.

      • Nico querido!!!!! Mientras leo y re-leo tu aventura en este magnifico diario viajero personal (con el google maps abierto para ver con exactitud geografica los lugares que recorres, trazando la ruta con linea roja) mientras observo las fotos que subis, inevitablemente me translado, me relajo, esos paisajes se hacen carne en mi alma y me recuerdan que lo unico y mas maravilloso que hay en la vida es viajar…
        Exitos, a seguir disfrutando de tu aventura y continua posteando para que te podamos seguir…
        Abrazos!!!!!

        Martin
        (ex integrante de GUBU´s BAND juajuajaua)

      • Locura! Gracias por leer y releer :D. Me alegra poder ser lo suficientemente gráfico y multimedia como para que algunos puedan también viajar mientras no pueden viajar. Abrazo grande!! Gubu, jajajaj!

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