La inalcanzable liviandad del ser

“You’ve got a bloody suitcase on wheels.

Real men don’t get the Earth to help carry their luggage, mate.

They carry it themselves”.

Super Hans, Peep Show

Juro que lo intenté. Y en un principio sentí que lo había logrado, que era algo así como una entidad superior, más allá de todos los mortales viajeros. Los miraba despectivamente, con sus inmensas valijas, torpes, o con la tradicional mochila de mochilero a la que tanto tiempo me he mantenido alejado, probablemente sin justificación razonable.

“Yo tengo dos bolsitos y una mochila donde traslado mi casa y oficina”, pensaba altaneramente. Qué idiota que fui.

Así que: otra vez tengo más equipaje que el que puedo llevar con comodidad. Uno de los amigables “bolsitos” pesa más que una cabeza Olmeca; en el otro llevo un par de iguanas para contrabandear más o menos.

La larga marcha

Una buena manera de saber que en lugar de un turista normalmente empacado soy un pequeño flete humano es darme cuenta de que tengo que pensar en cuántos bultos tengo para no olvidarme de nada. Ambas manos me quedan ocupadas, mientras que probablemente una de las axilas sostiene como puede un accesorio adicional (puede ser una guitarra tamaño normal, una almohada a la que estoy muy aferrado o una sartén que no entró en ninguno de los bolsos).

Basta con dar un par de pasos para empezar a sentir el nacimiento de esa cruel gota de transpiración en la frente que inevitablemente irá a parar a uno de los ojos, mucho antes de que ilusamente atine a usar alguna de mis extremidades para salvarme del ardor.

La gente me mira, se pone en mi camino, un camino de interminable desandado hacia el próximo transporte. Un camino en el que me odio por no haberme sacado de encima de todo lo que me ancla.

Y me pregunto entonces si este arrastrar -que recordaré por medio de mis articulaciones adoloridas- no será más que una malvada metáfora que me juega otra vez otro viaje.

¿Tanto me pesa irme de otro lugar y seguir con la travesía?

¿Acaso en realidad soy lo menos ligero que existe por la ruta de viajes, lo menos pluma que un viento goza de juguetear?

Ser material

Donde hace un par de años se encontrara una megavalija repleta de libros barceloneses que se encaprichaba con combatir a puños a todas y cada una de las escaleras londinenses, hoy me acompañan dos amigables bolsos de tamaño intermedio con habitantes curiosos: una sartén, cubiertos, “Stevenson” el frisbee (que aloja todas mis esperanzas de conseguir en mi próximo destino de playa un digno receptor/emisor), un par de sopas instantáneas que no me permitieron dejar atrás y, claro, un tarro de aire comprimido para conservar la higiene de la compu.

Jungle Wi-Fi en Palenque

No me alcanzaba con esto, así que me compré una guitarra que, si bien no paga pasaje como lo buena compañera que es, en algún lado la tengo que meter. Y pobre, ya ha recibido sus golpes en lo que va del trayecto.

El problema con comprarse un sombrero es que estás condenado a llevarlo puesto cuando viajás. No lo podés plegar y metértelo en el bolsillo. Me encantaría tener un espejo a todo momento a mano para comprobar que no me veo tan estúpido como me siento. Con el sombrero ni siquiera necesito la remera de “1 tequila, 2 tequila, 3 tequila, floor” para dejar asentado en cada lugar mi calidad de turista absoluto.

Si bien reniego de mi bagaje, sé que por algo sigo eligiendo todo su contenido. Cuando llegue al lugar, todo tendrá su fin destinado y mis articulaciones podrán descansar.

Es que YO soy esa combinación de acumulaciones extrañas. Esa sartén que solo usaré unas 4 veces más, las sopas de 1,50, las golosinas, el frisbee y las toallitas para limpiar la compu. Si dejara algo atrás, ya no sería yo viajando.

Y yo quiero seguir viajando.

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8 comentarios

  1. Durante las últimas dos semanas en que estuve preparando mi viaje a Bariloche, y preparando distintos bolsos y cajas, ordenados supuestamente por su importancia y utilidad; a saber, a) el que viajaba conmigo en el avión, b) el que viajaba en la bodega del avión, c) los que mandamos en encomienda en simultáneo con nuestro viaje, d) los que serán enviados una vez que nos instalemos definitivamente, e) los que quedarán almacenados por tiempo indefinido en la casa de mi vieja. Estos últimos seguramente tienen algo muy importante y que nunca logre recuperar. Durante las últimas dos semanas pensaba y pensaba “¿Cómo hizo Nico??? Solo dos bolsitos tenía… Ay, que desdichado soy!” Ahora, gracias a esta entrada de tu blog, se que la pasás mal con esos dos bolsos, esto me da una felicidad inenarrable y me devuelve la esperanza en la humanidad.

    • Jjajaj. Lo peor de todo es que cuando armás los bolsos no metés las cosas por categoría. Entonces cuando necesitás el repelente para mosquitos no tenés manera de saber que está adentro de una media, por ejemplo.

  2. El mejor artículo hasta ahora! Al menos, con el que más me siento identificada. Sigo intentando alcanzar esa quimera (al menos para mí) de “viajar liviana”, con resultados muy poco perceptibles. A esta altura, ya no me queda demasiada energía para tratar de optimizar el proceso; digamos que estoy más bien lista para aceptar mi condición de sherpa 🙂

  3. Bueno, empiezo a ponerme al día con las lecturas! Me sigue encantando cómo redactás y cómo lográs expresar lo que vas viviendo! Beso, Nico!!!

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