Videoblog Rio de Janeiro: El Maracaná

4 comentarios

Archivado bajo Brasil, Lucas, Rio de Janeiro, Videoblogs

El jamaiquino y la raya

Ojalá pudiera inventar estos encuentros, con estos personajes y sus historias. Sería un buen escritor. Sería escritor. Como soy incapaz de tal cosa, viajo, cosa que me lleva a los lugares más impredecibles y me veo involucrado en las situaciones más improbables. Después vengo acá y trato de describir lo que sucedió de la manera menos torpe posible.

Ya había recorrido los tablones del famoso muelle de Santa Mónica, en Los Ángeles, hace poco menos de un año; solo, y luego con la inestimable compañía de mi hermana, en aquel entonces con aún 29 Colectividades en su haber. No por eso, estando tan cerca, iba a dejar de repetir la caminata turística casi obligada que lleva al punto final de la ruta 66, justo chocando con el Pacífico.

Esta vez sin novedades y bastante cansado por un fin de semana atípico, no esperaba demasiado del paseo; zigzagueé con inercia por entre la gente atiborrada de bocadillos dañinos para el colesterol, el sol ya bien escondido en el horizonte. Otro domingo típico de junio en la ciudad que todos piensan que es la capital de California.

A unos 25 metros del final del muelle, me paré y pensé en dar la vuelta. “Mañana te vas de acá, caminá 30 segundos más, mirás el mar y te vas”. Fue un comentario interno convincente y decidí hacerle caso.

No pude prestar mucha atención a las olas oscuras porque me distrajo un grupo de pescadores, emocionados. Parece que habían pescado algo, literalmente, como casi nunca sucede cuando uso esta frase.

Minutos después de forcejeo y maniobras, descubrimos que se trataba de una pequeña raya murciélago. La pobre aleteaba en vano sobre la madera, pidiendo misericordia, como el que reclama un penal a los 48 del segundo tiempo. El pescador, mexicano y ducho en el tema, había decidido liberarla, pues su tamaño no era apto para el consumo familiar. Pensé que quizá, a la milanesa y con una porción de papas grandes zafaba, pero no me animé a decir nada.

Intentaron sacarle el anzuelo pero la muy glotona se lo había mandado hasta el fondo y no hubo caso. Carmesí. Las entrañas exudando de lo que estimé sería su estómago salieron y ese fue su lamentable final. Mientras otra raya bebé moría, me percaté de que al grupo se había sumado alguien más. Este exclamó que no podría matar a un animal de esa manera, que a él lo dejasen comer solo unas verduritas, un tomate.

Azabache él. Bah, negro. Jamaiquino. Naturalmente, como la conversación con cualquier jamaiquino, la conversación mutó a cómo se mataba a otros animales, gallinas, vacas, sapos para la elaboración del sushi en Japón. Porque sí, naturalmente Stefhen vivía en tierras niponas y manejaba el idioma a la perfección.

Pensé que era otro de los tantos locos sueltos en la zona y empecé a dar la vuelta para pedirme algo con papas grandes, lejos del muelle. “Escuchalo un toque más, capaz es verdad lo que está diciendo”. Si bien este comentario no fue tan convincente, me quedé.

Resulta que este tipo no está nada más paveando viendo cómo matan animales inocentes en puntos de interés. Es escritor y está de gira por EE. UU. promocionando su libro. Claro que sí: es un libro de memorias eróticas en el que cuenta sus experiencias amatorias como extranjero en el Japón. En serio.

Él preferiría estar ya de vuelta en su casa (Kobe, Japón) con su familia. Kobe es famosa por la carne vacuna premium; las vacas allí supuestamente son alimentadas con cerveza y reciben masajes diarios. Conozco muchos que reciben ese tratamiento y no por eso son una delicatessen. Volviendo a Stefhen, su problema es que no se puede ir porque “la gente de Tom Hanks” leyó su libro y le propusieron hacer una obra basada en el libro, en todo Estados Unidos. Así que tiene eso entre manos. Ah, y hace un tiempo que quiere traducir su novela al español, viste, porque es un idioma re copado y que todos hablan.

Así que le dije que yo era traductor y que no sabía nada ni de mujeres ni de Japón. Pero que le podía poner onda, que es lo que siempre hago cuando voy a Japón.

Me dijeron que van a poner un Samba y un Gusano Loco el año que viene.

Me dijeron que van a poner un Samba y un Gusano Loco el año que viene.

2 comentarios

Archivado bajo Estados Unidos

Comida regional n.º 11: Espetinho de corazones de pollo

A la vuelta de cada uno de mis viajes hay algo que siempre se repite. Inexorablemente, regreso con la idea de un fabuloso e innovador emprendimiento gastronómico que va a ser un boom en Rosario. Al regresar de Europa mi fascinación por el kebab (o döner o shawarma, esto todo más o menos lo mismo) me tuvo pensando unos días en comprar esos palos de metal que giran con toda la carne apelmazada mientras se cocinan. De Centroamérica me traje las ganas de poner un restaurante de comida mexicana o hacerme pescador para buscar barracudas en el Paraná.

Por supuesto, nada de eso se concretó. Y aquí estoy, preguntándome por qué en la puerta de la cancha en lugar de chorigoles no venden espetinhos de salchicha, carne o corazoncitos de pollo. ¿Por qué en lugar de chimichurri no alternamos con un rebozado de farofa, embadurnando el bocadillo con salsita de ajo o picante? Las respuestas a estas preguntas idiotas son las siguientes:

- Porque los chochamus usarían los palos pinchudos para atacar a los simpatizantes del equipo rival, apuntando principalmente a la zona de los ojos y el bazo.

- Porque algún desprevenido confundiría la harina de mandioca con otros polvos recreativos y en lugar de condimentar el brochette lo consumiría por otras vías.

Corazones en la Atlántida

Corazones en la Atlántida

Voy a ser sincero: estos palitos con el órgano más vital del pollo son muy sabrosos. Pero creo que en el fondo lo que más disfruté de esta comida es la inmundamente clara afirmación del liderazgo humano sobre todas las especies en el mundo. Somos los reyes de cualquier cadena trófica posible desde el momento en el que un buenoparanada como yo puede comer 8 corazones de 8 gallinas diferentes así, como picando algo, por 3 reales.

Prometo, o casi prometo, que es el último artículo de comidas por un rato.

Bonus:

Espetinho de salchicha

Espetinho de salchicha

Dejar un comentario

Archivado bajo Brasil, Comidas, Sudamérica

Todos los caminos llevan al mar

Mis viajes son —tal como caprichosamente lo demuestran las evidencias— muy parecidos a la geografía de mi último destino*. Sus calles se cruzan entre sí con poca elegancia pero la suficiente saña como para angustiar a los forasteros. No se respira turismo tradicional ni se adivinan paraísos cercanos. Es, digamos, una elección aparentemente extraña cuando se la mira de reojo un viernes casi a la medianoche, en lo que ni siquiera llega a ser una parada de colectivo.

Pero. Arraial do Cabo te engaña con buen amague. Ves unas casitas blancas iluminadas sobre la colina, mas no escuchás ningún rugir de agua, ni se te sala la lengua al respirar por la boca. ¿Para dónde carajo está la playa?

Callejón marino sin salida.

Callejón marino sin salida.

Para cualquier lado. En esta ciudad no importa el camino que tomes: siempre terminás a orillas de un mar. Si es el mismo mar o las mismas orillas no te lo puedo asegurar porque sería ya cuestión de embarcarse en debates filosóficos interminables, estúpidos. Pero es así.

La primera vez con vilo, está para caminar donde pinte. Y en 20 minutos llegaste a la playa principal, dictada esta conclusión por todos los barcos que flotan y todas las gaviotas que hacen lo mismo esperando alguna carnada perdida. Praia dos Anjos no es la que te llama a una corrida y chapuzón. Izquierda y, obviamente, hay un morro que esconderá otra. Esta sí que estaba buena; Praia do Forno no tiene nada que envidiarle a las de Ilha Grande; de hecho, si se cruza en un boliche con alguna ni les dirige la mirada.

Praia do Forno se junta más con sus vecinas también cristalinas, las hermanas Prainhas, mientras me doy cuenta que esto de personalizar todo lo que se me pone en el camino se está volviendo una mala costumbre para no hacerme cargo de lo que escribo. Y también me olvido de la analogía principal de este artículo, pensando en cómo lucirían tres playas arrogantes tomando sol platinadas de arena en, supongo, ¿una playa metafórica?

Prainhas en Arraial do Cabo.

Prainhas en Arraial do Cabo.

Todos mis viajes desembocan en un mar. Eso quería decir. Y últimamente todas mis tardes en un Açaí de 400 ml porque necesito la energía. Tomar fuerzas para irme de estos hermosos lugares que todos juntos son Brasil y para convencerme de que sí estoy hablando portugués ya y no soy un chanta.

Y ahora me voy a bucear. Chau.

*Antes de que venga un lector más forro que yo (si es que existe) voy a tener que desglosar esta comparación que en realidad se me fue al reverendo demonio: Arraial do Cabo entonces serían mis viajes, las playas serían las playas de mis viajes, el mar el mar, las calles los traslados, los forasteros la comunidad de Testigos de Jehová que no sabe dónde encontrarme para ofrecerme folletos de redención y la colina de casitas blancas iluminadas es…

Burbuja de poder para todos los que me conocen.

Burbuja de poder para todos los que me conocen.

4 comentarios

Archivado bajo Brasil, Rio de Janeiro, Sudamérica

Comida regional n.º 10: Açaí

El boom del Açaí también nos llegó a nosotros. No sé hace cuánto se puso de moda este fruto pequeño, color púrpura uniforme de The Phantom, bien sabroso, pero está en todos lados y es sinónimo de frescura mezclada con hielo picado, granola, banana y un chorrito cobertor de miel que le da el toque justo de dulzura.

Nuestra afición a esta supuesta bebida (con cuchara) energética comenzó allá por los inicios del viaje, en Río de Janeiro; con el afán de impulsar una vida y alimentación saludables pedíamos vasos de 300 ml de Açaí como cena única, o quizá también como merienda nutritiva. Le llamarán sugestión, pero la mistura de pasas, cereales y la fruta en sí abriéndose paso por la garganta realmente trae una sensación de vitalidad al cuerpo, como un empujoncito de vida en la lucha contra cualquier agotamiento. Un mes después y bastante entrados en las dos cifras de porciones de Açaí, prefiero no pensar en el actual porcentaje calórico que contiene y sí hacer caso a todos los supuestos beneficios: mejor circulación, aumento de la función cerebral, poción rejuvenecedora, anticáncer, antimacumbas e incrementadora de las posibilidades de que tu equipo vuelva a Primera A.

¿Interesados en importar esta maravillosa fruta a la Argentina?

¿Interesados en importar esta maravillosa fruta a la Argentina?

Bonus: Sacolé

El sacolé no es novedad para nosotros, argentinos. En Rosario, lo llamábamos Jaimito y era un refresco más que bienvenido a la salida del San José uno de esos mediodías de noviembre en los que la humedad de Rosario te pega el delantal a la espalda y tenés un par de cuadras por delante aún. En Santiago del Estero, tenían algo parecido llamado “juguito”, pero sus colores radioactivos siempre me mantuvieron alejado de ellos. Acá, en Brasil, son bien naturales y hasta te topás con pedacitos de pulpa o semillas de la fruta. Uva, goiaba, maracujá, acerola, açaí, coco con leche, frutilla, chocolate y muchos más. Elegí el que quieras antes de meterte en la selva. No te vas a arrepentir.

Este era de acerola: exquisito.

Este era de acerola: exquisito.

4 comentarios

Archivado bajo Brasil, Comidas, Sudamérica, Uncategorized

Comida regional n.º 9: Salmón con salsa de almendras y alcaparras

Bueno. ¿Es un plato regional el salmón en algún lado? No sé. Después de ver la foto, ¿importa? Seguro que no. La cuestión es que hace unas semanas vimos en el pizarrón de uno de los restós de la playa una promoción de este plato, con acompañamiento de papas al horno y arroz, y no pudimos decir que no. Poco nos importó que “Pé na areia” sea claramente un establecimiento sobre la playa para parejillas enamoradas: luces tenues, música en vivo y decoración de sombrillas coloridas que circundan la escena mientras se te deshace en la boca el plato en cuestión.

Porque, como bien dice la canción, “Cuando se trata de salmón, el estómago tira más que el corazón”.

Sonreí. Hay peces que estarían orgullosos de estar en tu lugar.

Sonreí. Hay peces que estarían orgullosos de estar en tu lugar.

Dejar un comentario

Archivado bajo Brasil, Comidas, Ilha Grande, Sudamérica

El secreto de Ilha Grande (parte II)

Día 2: Parnaioca a Aventureiro, vía Praia do Leste y Praia do Sul

Da gusto despertarse bien cerca del amanecer cuando tenés una playa a diez metros y la temperatura es perfecta para comenzar con la caminata. Ese sábado solo cargamos dos botellitas de agua; nos habían informado que el tramo no era tan largo como el del día anterior. En solo dos horas habríamos atravesado la reserva biológica para llegar a Aventureiro. Eso si no teníamos la mala suerte de que nos pesque el guardaparque que está ahí para impedirte el paso (Monkey Island 1, el tipo disfrazado con el garrote, ¿suena?).

¿Pájaro Kun Agüero?

¿Pájaro Kun Agüero?

Ninguna de las dos últimas cosas sucedieron: no nos encontramos con el guardia ni llegamos en dos horas.

No fue que yo me desgarré a los 15 minutos de caminar, ni que Lucas cayó en el fango en un paroxismo espumoso vociferando que quería encontrar una tele para ver el Superclásico. Fuimos un poco más obvios: nos equivocamos de camino. Sobre el final de la segunda playa que debíamos recorrer al aire libre, bajo un cielo cuasi nublado, unas piedras enormes nos separaban de lo que parecía ser Aventureiro. Habían pasado ya las dos horas prometidas y quizá nuestro juicio nos jugó una mala pasada. Vimos un cartel sin demasiada información relevante, un sendero recortado en el morro aledaño y nos mandamos sin pensarlo demasiado.

Hongos en la jungla.

Hongos en la jungla.

Ojo al pisar...

Ojo al pisar…

Ensimismados en no fallar una pisada, en cruzar riachos por piedras con verdín, pasó una hora en la que ambos presentíamos que la orientación del sendero era al menos un poco vueltera; casi como encare quinceañero o típico morfón de Fútbol 5. El ruido del mar siguió estando del lado equivocado hasta que Lucas paró la pelota y me dijo: “Yo me vuelvo”. Intenté resistirme, pero vislumbré una vida solitaria en el medio de esa selva, comiendo ranas crudas y olvidando todos mis idiomas. Me vi reflejado en sus ojos de cansancio, con barba kilométrica, ropaje de piel de serpientes, despojado de todo sentimiento humano. Atrás habían quedado mi familia, mis amigos, mi profesión; en ese espejismo vi a una criatura voluble a las mareas y al menguar de la luna.

Además no había puesto el mensaje de respuesta automática en el correo electrónico.

Así que desandamos esa hora, desalentados por el error, pero con la esperanza de que encontraríamos el camino correcto. Me adelanté en el camino de regreso a Praia do Sul, ansioso por enmendar el tiempo perdido y ver de qué iba la famosa Aventureiro. Esperé entonces unos minutos a Lucas sobre una piedra, que llegó pidiendo unos minutos de descanso. Accedí y simulé no necesitarlos.

La última parte era, de hecho, caminando una gran roca vapuleada por el mar abierto embravecido. Con la zozobra medida de los que ya hicieron el 90 % del recorrido, nos mandamos casi abrazados a cada grieta, esperando que el calzado también nos diera una mano. Y así, con un cronómetro marcando casi 5 horas en lugar de las 2 prometidas por Janete, llegamos victoriosos a la playa de los surfistas y la palmera a 90°.

En el “Camping de Luis”, atacamos —esta vez liderando yo— el almuerzo de pez frito, con arroz, feijao y papas fritas. Sentí que ese almuerzo fue uno de los que más merecí en mi vida.

Mientras Lucas desfallecía después en una hamaca paraguaya y yo jugaba al Sudoku por segunda vez en cuatro años en el único dispositivo electrónico que tenía a mano, me di cuenta de que ya no teníamos que caminar más. Había sido la última trilha de la travesía, ya que la vuelta sería en barco, vía Angra do reis. Qué iluso que fui.

Aventureiro.

Aventureiro.

Día 3: Aventureiro a Abraão, vía Provetá, Vermelha, Araçatiba y Angra do Reis

 No es capricho que el título del último día se haya prolongado tanto. Casi todo había salido a pedir de boca hasta el momento y a la Princesa y el Guijarro del grupo ni siquiera le molestaba tener que dormir esa noche en carpa, sin almohada ni colchón.

Después de despedido el sol, las luces del generador, y los veintitantos aviones que conté pasar por el firmamento claro (porque oscuro) entre las estrellas, me acurruqué sobre la toalla húmeda dispuesto a esperar el día del regreso con ojos cerrados. No me despertó el azote del viento ni el mar agitado a pocos metros, sino el zarandeo de Lucas. Eran cerca de las 5 de la madrugada y se venía tamaña tormenta. Entre sueños de otra vida en la que era un molusco, horadada mi casa inmortal por los siete mares que son uno si uno es un molusco y no sabe contar, entreabrí los ojos y atisbé ayudarlo a Lucas a entrar la ropa y las zapatillas, para resguardar todo de la lluvia. Seguí durmiendo, ahora con la banda sonora que golpeaba su trombón contra el iglú, y no recuerdo cómo terminó el sueño, ni cuál era.

Por supuesto que aún llovía a las 8 de la mañana, cuando debíamos tomar el barco escolar a Angra do Reis, para luego tomar otro de vuelta a la isla, a Abraão, nuestro hogar. Nos confirmaron, medio socarronamente, que ningún barco saldría ese día. Tampoco pudieron asegurarnos que sí saldría un barco al día siguiente. El mar puteaba a la lluvia con olas titánicas; “la culpa no es del chancho, sino del viento”, dice el dicho por esta región. Había que tomar una decisión rápidamente porque todos los planes eran largos y a largo plazo.

¿Desandar el camino de 12-14 horas y volver por Parnaioca? Al darnos vuelta, las piedras espumosas y mortíferas se nos rieron. No era factible porque todavía no había bajado las fotos a un pendrive o algo, y así no vale la pena morir.

El plan más racional fue tomar otro camino, por encima del morro, camino a Provetá, en dirección al otro lado de la isla, más resguardado de la furia de Poseidón y sus secuaces. Levantamos campamento en el sentido más literal de toda mi vida y encaramos con la lluvia amainando. Una buena.

Llegamos a Provetá con voces dispares: algunos decían que sin duda habría barcos a Angra, otros que indudablemente no. A otros no los entendimos porque tampoco es que hablamos tan bien el portugués, eh. El barco encallado en el medio de la playa y el pueblo reunido mirando al barco les dieron la razón a los pesimistas. De ahí no salía tampoco nada ese día. Mientras intentaba explicarle lo que significa “la pucha” a uno de los viejos del lugar, Lucas ya buscaba el próximo sendero a otra playa, con mar ya cerrado por el continente: Araçatiba.

Barco encallado en la costa de Provetá.

Barco encallado en la costa de Provetá.

“La tercera será la vencida”, dijo con su nuca. Como para levantar la moral, se nos sumó un perro a la caminata. Con lo cansados que estábamos, sirvió mayormente para envidiarle las dos piernas adicionales y su mejor centro de gravedad.

El Perro Provetá.

El Perro Provetá.

En Araçatiba, no me pregunten cómo, conocimos a la tía de la que nos había alojado en Parnaioca y creo que nos dijo que un día atrás se había hundido un barco. También nos dijo que estemos atentos a cualquier movimiento en el muelle para colarnos en alguna embarcación. En el estado que me encontraba yo, transpirado, sucio, con los pies a la miseria, pude solo mantener la mirada fija con el único ojo aún vivo en dirección al muelle. Sosegadamente empezó a reunirse un grupo de gente entorno al lugar; algunos con manos vacías, otros acercando artículos a los tablones de madera.

Mesas, muebles, escritorios. Una heladera, un televisor, una pintura y una lámpara. Lucas sacó la presteza de las tres galletitas que había comido a la mañana y se acercó un poco más a la escena. Y a contraluz de mi meñique del pie derecho en carne viva, Lucas se puso el equipo al hombro y ayudó con la mudanza trasladando el resto de los artículos al borde del agua. Resulta que estuvimos en el lugar justo, a la hora de Dios. ¿Por qué? Es que al pastor evangelista del poblado le había salido un mejor curro en el continente y estaba también levantando campamento. La mano de obra del titán del Paraná nos había ganado un lugar en el barco del pastor, destino a la ansiada Angra do reis.

¡Oh, qué placer fue sentir la brisa que solo genera el movimiento sobre vehículos motorizados! Nuestros muslos agradecían el reposo ganado, mientras que con el resto del cuerpo evitábamos que se vuelen los colchones al agua del Atlántico. Una hora después el barco flete llegaba al puerto y veíamos cómo se preparaba para partir el que nos llevaría de vuelta a la isla, esta vez del lado de nuestra morada. Con pies en polvorosa y pensando que siempre quise decir esa frase con sentido, bajé del primero y me subí en el segundo, sin olvidar derribar la ética de Lucas, que quería quedarse ayudando con la mudanza. La travesía concluyó incluso mejor de lo que habíamos imaginado después del comienzo del tercer día, del otro lado de la isla, encarcelados por la distancia y el mar furioso.

Al bajar de la última embarcación miré de reojo a mi compañero, que no se percató de mi ensombrecida contemplación. Quise decirle que ya no éramos los pequeñajos que quisimos jugar a la selva con piratas. Ella, a machucones, raspaduras, azotes de humedad, nos había convertido en otros. Con sol radiante, playas imposibles y noches estrelladas que podían haber ocurrido hace siglos, nos había hecho más nosotros que nunca.

Ese, quizá, sea el secreto de Ilha Grande.

9 comentarios

Archivado bajo Brasil, Ilha Grande, Lucas, Sudamérica